Se ha derretido la nieve, subió la temperatura nueve grados
por encima de cero, y ahora diluvia, no sé explicaros el mecanismo
por el cual el viento casi me abduce ahora mismo
y espanta a los pájaros a los que hace días que no veo.
La gente anda por el centro pequeño, ahora está masificado,
hablo de masas en un pueblo noruego con diez mil habitantes,
pero son ya bastantes sobre todo cuando se trata de arrasar
con las rebajas navideñas y las ofertas de embutidos de cabra.
Se me ha roto el abrigo de invierno debajo del sobaco derecho,
así que tengo que ir a buscarme otra chaqueta monopolio del gobierno,
aquí sólo puedo comprar productos de marcas autóctonas con muchos ceros
aunque la cosa haya sido producida en China como todas las otras.
De vez en cuando la montaña cruje,
es como el gruñido de un mamut en las películas,
o el lamento de un gigante de piedra que de repente se despierta,
y a continuación caen piedras arrastradas por el deshielo de la nieve
sin respetar el ceda el paso de la única carretera que lleva a Bergen.
Pasan mujeres irakíes arrastrando los bajos del traje tradicional empapado
y he saludado al viejo somalí que me ha contado que su nieto
tampoco ha conseguido el trabajo en prácticas del supermercado.
Sigo mi camino, hoy tampoco voy a comprar nada,
le estoy empezando a coger cariño
al nuevo agujero del sobaco.
Se sienten las nubes tan cerca de la tierra, tan húmedas y tan lentas,
que parece que todos los espíritus del fiordo han bajado a divertirse por un rato
viéndonos como siempre dar vueltas en el mismo escenario.