El sur, sí, recuerdo que era eso.
Un llenarse los zapatos de barro de naranjas
en el campo de antes de devorarlo el ladrillo.
Un dar pan al que venía pidiendo por casa
o un hola al que venía de lejos vendiendo alfombras.
Podías ir a cualquier sitio sin bajarte de la bicicleta
y todavía quedaban riachuelos limpios
donde jugábamos a irnos con la corriente.
Los domingos eran mecedoras de abuelas
donde el tiempo pasaba sin la prisa de los niños,
luz de oro en el iris, pensar que éramos eternos,
que podíamos ser cualquier cosa que creyésemos.
El verano era la libertad de los campos y las albercas,
el pelo oliendo a humo y a sol,
mediodías con ojos de libélulas
y el punto final de septiembre y sus libreros,
días oliendo a virutas de lápices nuevos.
Los tenderos seguían teniendo libretas de fiar
y todavía confiábamos en nuestros vecinos
de los que sabíamos el árbol genealógico y sus secretos.
Nadie vivía debajo de los puentes
y la gente se daba los buenos días al entrar en el banco.
Los edificios en ruinas
eran propiedad de las buganvillas
y de las lagartijas sagradas coronando las tapias.
Sí, el sur, recuerdo que era eso
antes de que el tiempo lo hiciese políticamente correcto
y se llenara de centros comerciales y de rotondas
para estar siempre dando vueltas sin movernos nunca del sitio.