La hora más triste de angustia y pérdida
no es esa época de suprema desesperación
en la que no podemos encontrar luz
para apaciguar el terror, la sombra negra de la Cruz;
ni ese exuberante pesar
que nos hace beber sal de lágrimas
y la hiel de recuerdos de días inolvidables,
de delicias perdidas que ya no volverán.
Sino cuando, con los ojos que ya no están húmedos,
observamos el gran mundo de los hombres
y, sonriendo, nos inclinamos hacia un brillante mañana,
luego retrocedemos, con súbito arrepentimiento,
para descubrir que estamos aprendiendo a olvidar:
entonces nos enfrentamos a la hora más triste del dolor.