Alma mía, despierta,
despierta de tu sueño y mira hacia la vida,
yo he visto hace un momento de la cumbre del día,
el corazón del mundo destrozado y abierto.
En sus heridas hondas corre sangre de fuego,
que arrasa troncos fuertes y árboles en flor,
sangre del hombre mismo, alma mía pequeña,
del hombre que es tu hermano y es el hijo de Dios.
Al escuchar sus gritos sentí un temblor extraño,
un temblor aguzado que me inundó de llanto,
la misma tierra dura se estremece al oírlo,
y tú estás ignorando su profundo dolor.
Despierta ya, despierta,
no puedes dormir más en esta hora de angustia,
es la sangre del hombre la que grita en el suelo,
y no tienes derecho a ignorar su lamento.
Despierta de tu sueño, alma mía pequeña,
y vela con el mundo que está rojo y abierto.