A veces siente el alma la tristeza del día,
de los días que están en profunda agonía,
de los días que pasan sin dar nada a la vida,
ni siquiera el impulso de alguna ala tendida.
Tristeza de bejuco que en el pecho se enreda,
y que sube hasta el alma por sangrienta vereda,
tristeza de los días que no tienen calor,
que no dejan un gozo ni un una herida con flor.
Es tan honda y amarga que no cabe en un canto,
más honda que el abismo, más amarga que el llanto,
la tristeza del día que pasa por la vida,
sin dejar el aroma de una rama florida.