en casa
Cuando estuve muerta mi espíritu se volvió
a buscar la casa tan frecuentada:
pasé por la puerta y vi a mis amigos
festejando bajo ramas verdes y naranjas,
de mano en mano apuraban el vino,
chupaban la pulpa de ciruelas y melocotones;
reían, bromeaban y cantaban,
pues todos eran amados por todos.
Escuché su charla honesta. Dijo uno:
«Mañana caminaremos por las arenas indistintas
y recorreremos kilómetros y kilómetros de mar».
Dijo otro: «Antes de que cambie la marea
llegaremos a la zona de aguileña».
Dijo un tercero: «Mañana será como hoy,
pero mucho más dulce».
«Mañana», decían, llenos de esperanza,
y seguían adelante con su agradable camino.
«Mañana», gritaban todos,
mientras nadie hablaba del ayer.
Sus vidas se había completado en el bendito mediodía;
yo, sólo yo, había fallecido.
«Mañana y hoy», gritaban;
yo era del ayer.
Me estremecí, desconsolada, pero
no lancé un escalofrío sobre el mantel;
yo, olvidada, me estremecí,
triste por quedarme, y sin embargo
cuán reacia a separarme:
salí de la habitación familiar,
yo, a quien el amor había dejado de amar,
como el recuerdo de un huésped
que sólo se queda un día.