Porque todo está igual, porque siempre será lo mismo,
pasan y sonríen, pasan y se alejan con sus días iguales
sobre espaldas cansadas de doblegarse al sol y al trabajo…
Levantan casas para los otros, para los que vienen de lejos
buscando descanso u ocio, contemplación o sueño,
éxtasis de mar y de cielo azul, rosa y violeta.
Viejos y serenos, jóvenes y ardientes, nuevos y acezadores,
todos los que llevan y traen piedras
son los mismos que levantaron, hace milenios,
pirámides y templos para sacrificar a los dioses
por mandato de otros; con el mismo sudor y sed.
Sin la orden de construir, ajena e indiferente,
todo estaría, todo, como el primer día de la creación.
Suelo y cielo, mar y pinos, frutos y aves, tierra en barbecho
y tierra removida de hoy,
en una calma extensísima y vacía, calma ignorante de sí.
Esta gran paz de gloria inmortal se tiene
(¡oh sublime dolor de tantas certidumbres humanas!)
a costa del esfuerzo y de la renuncia de los que cogen del surco
un pedazo de pan frente al mar redondo
que es, ahora radiante, mi mar aborigen.
Soy la nada.