Amor, que en mi profundo pensamiento
sus nobles fuerzas aprestadas tiene,
tal vez armado hasta los ojos viene,
de donde a los de Cintia los presento.
Mas ella, opuesta al raro atrevimiento,
para que en lo futuro se refrene,
aquella risa, aquel favor detiene,
con que suele aliviar el sufrimiento.
Huye a su centro el dulce dueño mío,
temeroso y cortés; que no hay sujeto
que contra sus desdenes muestre brío.
Yo desde rayo, no por el efecto
que en los mortales hace, me desvío,
mas porque sirve a celestial precepto.