Ese joven larguirucho que quizá medía metro ochenta y dos,
ese cándido trabajador de Powiśle
que luchó
en el infierno de la calle Zielna, en el edificio del teléfono.
Cuando le cambié el vendaje
de su pierna, que estaba abierta,
hizo una mueca, se rio.
Cuando la guerra haya terminado
iremos a bailar, señorita.
Yo invito.
Lo he estado esperando
durante estos treinta años.