Grenoble
era entonces la ciudad de los suicidas,
pero nunca se supo,
nadie dijo
por qué extraña razón de parentesco
los perros ladraban a la luna
y el viejo clochard
¡tan torpemente!
preguntaba la edad de las palomas.
Era cierto
que podríamos vender nuestra miseria
a cualquier transeúnte avaricioso,
que una dama italiana compraría
tus poemas a diez liras
y que Antonio
Fernando, el otro Antonio, Victoriano,
los amigos comunes perfilaban
una tierra más allá del desencanto.
Era cierto
y lo es que cada noche
subíamos de un modo inexplicable
al punto más alto de la historia:
allí Pablo
de Chile, allí Vallejo,
Vladimiro Maiacovski boca arriba
como aquél que se cansa de ser hombre
y es un muerto no más
¡quién lo dijera!
Cada noche
amigo, cada herida
que susurra quién sabe de qué modo
cuando toda la canción nos es extraña
y el viejo clochard pasa de largo
contando las estrellas con los dedos
por ver de redimir
tanto silencio.