los comedores de loto
Dulce música hay aquí, cuya cadencia es más suave que el descenso de los pétalos de las rosas, deshojadas sobre la hierba, o el rocío nocturno sobre las aguas quietas entre paredes de sombrío granito, en un desfiladero brillante; música que cae sobre el espíritu más suavemente que los cansados párpados sobre los ojos cansados; música que nos trae un dulce sueño desde los cielos bienaventurados. Aquí hay musgos frescos y profundos, y entre los musgos trepan las hiedras, y las flores de largos pétalos lloran sobre el arroyo, y la amapola pende soñolienta de los abruptos arrecifes.
¿Por qué soportar la fatiga, y consumirnos enteramente en la aguda aflicción, cuando todas las cosas descansan de su cansancio? Todas las cosas tienen descanso; por qué sólo nosotros nos esforzaremos, sólo nosotros, que somos las cosas principales; por qué gemiremos perpetuamente, arrojados de una tristeza a otra y nunca plegaremos nuestras alas, ni cesaremos nuestros peregrinajes, ni bañaremos nuestras frentes en el sagrado bálsamo del sueño; ni escucharemos lo que canta el íntimo espíritu: “No hay más alegría que el reposo”. ¿Por qué sólo nosotros nos esforzaremos, si somos la bóveda y la corona de las cosas?
¡Mirad! En medio del bosque, la hoja plegada de los brotes es solicitada por los vientos, sobre su misma rama, y allí crece y verdece, y de nada cuida, bañada por el sol a mediodía, y nocturnamente alimentada de rocío en la luz lunar; y cuando amarillea, cae, y desciende flotando por el aire. Mirad: endulzada por la luz estival, la jugosa manzana, excedida en su madurez, cae en la noche silenciosa de otoño. Y durante su espacio de días prefijados, la flor madura en su lugar, madura y se marchita, y cae, y no se fatiga, hondamente enraizada al fructífero suelo.
Odioso es el cielo azul oscuro, abovedado sobre el mar azul oscuro. La muerte es el término de la vida; ¿por qué sólo las fatigas ocuparán nuestra vida? Dejadnos solos. El tiempo avanza velozmente, y muy pronto enmudecerán nuestros labios. Dejadnos solos. ¿Qué cosa durará? Todo nos es arrebatado, y se convierte en porciones y partículas del temible pasado. Dejadnos solos. ¿Qué placer podemos hallar luchando contra el mal? ¿Qué paz hay en la superación eterna de las olas ascendentes? Todas las cosas tienen descanso, y maduran hacia la tumba, en silencio maduran, caen, y cesan; dadnos el largo reposo de la muerte, la oscura muerte, o la felicidad de los sueños.
¡Qué hermoso sería, oyendo la corriente que desciende, y con los ojos entrecerrados, adormecerse eternamente en un semiensueño! Soñar y soñar, como aquella luz ambarina, que nos abandona aún esa mata de mirra en la colina; oír las susurrantes palabras de los compañeros y comer los lotos, día tras día; contemplar los rizos crespos de la playa, y las tiernas líneas ondulantes de la espuma cremosa; entregar totalmente nuestros espíritus y nuestros corazones a la influencia de una amable melancolía; pensar y reflexionar, y vivir nuevamente en la memoria, con todos esos antiguos rostros de nuestra infancia, ya cubiertos por un montículo de hierba, dos manojos de polvo blanco encerrados en una urna de bronce.
Amable es la memoria de nuestras vidas conyugales, y amable el último abrazo de nuestras mujeres, y sus calientes lágrimas; pero todo ha sufrido un cambio; porque seguramente nuestros hogares están ahora fríos, nuestros hijos nos heredan, nuestro aspecto es extraño, y llegaríamos como fantasmas a turbar la alegría. O quizá los atrevidos príncipes de la isla han consumido ya nuestro patrimonio, y ante ellos canta el juglar los diez años de guerra de Troya, y nuestros grandes actos, como si fueran cosas semiolvidadas. ¿Habrá confusión en la pequeña isla? Que lo deshecho permanezca deshecho. Los Dioses son difíciles de reconciliar; es trabajoso instituir nuevamente el orden. Y hay confusión peor que la muerte, obstáculo sobre obstáculo, sufrimiento sobre sufrimiento, larga labor hasta la senectud, dolorosa obligación para estos corazones gastados por tantas guerras, y estos ojos nublados por el constante escrutinio de las estrellas conductoras.
Pero aquí, reclinados sobre lechos de amaranto y mandrágora, qué dulce –mientras las cálidas brisas nos acunan, flotando levemente- con tranquilos párpados entrecerrados, debajo de un cielo oscuro y sagrado, contemplar el largo río brillante que vierte sus aguas lentas desde la purpúrea colina –escuchar los húmedos ecos repitiéndose de caverna en caverna a través de la vid enmarañada-, contemplar el agua esmeraldina que cae entre tantas divinas guirnaldas de tejido acanto. Oír tan solo y ver la lejana espuma centelleante del mar; tan sólo oírla sería hermoso, extendidos debajo de los pinos.
Los Lotos florecen debajo de los estériles riscos, los Lotos brotan en cada fluctuante riachuelo; todo el día sopla suavemente el viento con dulcísimo sonido; a través de cada caverna vacía y cada sendero solitario, girando y girando, vuela el polen amarillo del Loto sobre las llanuras perfumadas.
Bastante hemos conocido la acción y el movimiento; hemos rodado a babor, rodado a estribor, cuando el oleaje se agitaba libremente, cuando el monstruo turbulento escupía sobre el mar sus fuentes de espuma. Hagamos un juramento, y mantengámoslo con constancia, de vivir en el vano país del Loto, y yacer reclinados y reunidos sobre las colinas, como los Dioses, indiferentes ante la humanidad. Ellos yacen junto al néctar, y los relámpagos nacen muy por debajo de ellos, sobre los valles, y las nubes se encrespan levemente en torno de sus casas doradas, circundadas por un mundo resplandeciente; allí sonríen en secreto, contemplando las tierras desoladas, la sequía y el hambre, plagas y terremotos, abismos rugientes y arenas incendiadas, combates clamorosos, ciudades en llamas, barcos que naufragan, y manos que rezan. Pero ellos sonríen, y descubren una música que asciende, centrada en un canto doloroso, un lamento y una antigua historia de injusticias, como una historia sin mayor sentido, aunque las palabras son terribles; donde se canta la raza oprimida de los hombres que aran la tierra, plantan la semilla, y cosechan el grano con interminable fatiga, ahorrando su pequeño diezmo anual de trigo, de vino, de aceite; hasta que perecen, y sufren –algunos, se murmura- en el hondo infierno, sufren eterna angustia, y otros descansan en los valles Elíseos, reposando sus fatigados miembros sobre macizos de asfódelo.
Seguramente, el ensueño es más dulce que la acción, y la costa más dulce que las fatigas en el profundo centro del océano, y el viento y las olas, y el remo; ¡oh descansad, hermanos marineros, ya no navegaremos más!