el entierro del amor
Sus ojos en eclipse,
pálidos y fríos sus labios,
famélica la luz de sus esperanzas,
muda su lengua,
rígido su arco
con las lágrimas que derramó,
inclinando hacia atrás su agraciada cabeza;
el amor está muerto:
su última flecha voló;
no hay más dardos;
llévenlo a su oscuro lecho de muerte:
entiérrenlo en el frío, frío corazón:
el amor está muerto.
¡Oh, amor sincero! ¿Acaso te sientes desamparado?
¿Acaso tus placenteras astucias has olvidado,
tu alegría inocente, sin jamás ser vengada?
¿Será la apatía del corazón hueco,
la forma más cruel del perfecto desprecio,
con esa languidez de las más odiosas sonrisas,
para escribir siempre,
en la luz marchita del ojo sin lágrimas,
el epitafio que todos pueden espiar?
¡No! antes morirá ella misma.
Porque para ella las lluvias no caerán,
ni el sol redondo, que para todos brilla, la iluminará;
su luz cambiará en tinieblas;
para ella la hierba verde no crecerá,
ni los ríos fluirán,
ni los dulces pájaros cantarán,
hasta que el amor tenga su venganza completa.