ifigenia cruel
BREVE NOTICIA
A diferencia de cuantos trataron el tema desde Grecia hasta nuestros días, supongo aquí que Ifigenia, arrebatada en Áulide por la diosa Artemisa a las manos del sacrificador, ha olvidado ya su vida primera e ignora cómo ha venido a ser, en Táuride, sacerdotisa del culto bárbaro y cruel de su divinidad protectora. El conflicto trágico, que ninguno de los poetas anteriores interpretó así, consiste para mí, precisamente, en que Ifigenia reclama su herencia de recuerdos humanos y tiene miedo de sentirse huérfana de pasado y distinta de las demás criaturas; pero cuando, más tarde, vuelve a ella la memoria y se percata de que pertenece a una raza ensangrentada y perseguida por la maldición de los dioses, entonces siente asco de sí misma. Y, finalmente, ante la alternativa de reincorporarse en la tradición de su casa, en la vendetta de Micenas, o de seguir viviendo entre bárbaros una vida de carnicera y destazadora de víctimas sagradas, prefiere este último extremo, por abominable y duro que parezca, único medio cierto y práctico de eludir y romper las cadenas que la sujetan a la fatalidad de su raza.
I
El primer tiempo del poema, el que yo prefiero y me parece relativamente mejor logrado, expone el estado de ánimo de Ifigenia, olvidada de su pasado, aterrorizada y sorprendida por sentirse diferente de las mujeres de Táuride, y a quien éstas consideran con cierto pavor religioso y en vano desearían amar. El tema genético de la tragedia griega —el coro que, en danza circular, engendra o hace aparecer al dios o al héroe a fuerza de invocaciones— cobra de pronto un nuevo sentido; Ifigenia pide al coro de mujeres que, entre todas ellas, y con el ardor de sus almas juntas y de sus recuerdos, creen para ella un pasado humano, la sustancia natural que le falta. El prodigio sólo se opera a través de agente vicario: su hermano Orestes, que viene a dar a la costa de Táuride.
II
El segundo tiempo es un compás de reposo, que intenta aliviarnos de las abstracciones del primer tiempo recurriendo a la visualidad y al color, a la descripción en suma, donde aparece el tema del mensajero o narrador, apacible lugar común de la antigua tragedia que puede considerarse como un residuo de la épica transportado al drama.
III
Orestes aparece. Su lamentación —guiño de inteligencia a los usos de la Comedia Española— asume la forma de un casi-soneto.
El tercer tiempo ofrece un movimiento doble. La primera parte presenta a los nuevos personajes encargados de traer a Ifigenia la revelación de su pasado, y provoca entre Ifigenia y Orestes un diálogo en que me atreví, sin remedio, al anacronismo, pues claro está que, en aquellos tiempos heroicos, las perspectivas y contrastes históricos no se apreciaban como lo hacemos hoy, merced a la distancia que significa a la vez recuerdo y olvido. En este diálogo se expone el choque entre Grecia y los bárbaros. Ifigenia habla en nombre de los bárbaros, y Orestes en nombre de Grecia. Apliqué la estética de aquellos pintores que vestían a la Virgen con los atavíos femeninos del siglo XV. Hice lo que el autor del Poema de Aleixandre, que suele llamar a Aristóteles “El conde don Aristótil”; o como Mme. Dacir, que, en su traducción homérica, da también a los guerreros títulos de nobleza moderna, o como el autor teatral que ponía estas palabras en boca de una de sus figuras: “Nosotros, los hombres de la Edad Media...” Hacia el final de la imprecación de Ifigenia contra los helenos, se traduce el tema de la lucha entre los Titanes y los Olímpicos.
En el segundo movimiento, cuando Ifigenia se apresta a sacrificar a los náufragos, como comprendiendo que toda discusión con Orestes es tiempo perdido, comienza la anagnórisis o mutuo reconocimiento, otro lugar canónico de la antigua tragedia, en que dos amigos o parientes, largo tiempo alejados uno de otro y que se abordan como extraños, acaban por reconocerse, ya por inferencia o por accidente. Para que esta situación pueda acumular toda su fuerza patética, el tiempo cuarto la suspende unos instantes. Respecto a la exhibición de formas lógicas mediante las cuales Orestes llega a comprender que Ifigenia es su propia hermana, no se carguen solamente a mi cuenta, sino a cierta pedantería filosófica y raciocinante, propia del griego en vías de definición que es Orestes, como nos lo hubiera pintado un griego de los tiempos clásicos: otro anacronismo. Aquí oímos a Pílades pronunciar la única palabra que ha de pronunciar en todo el poema: el monosílabo “No”.
IV
En este cuarto tiempo, el rey Toas hace su entrada a manera de diversión lírica. Hay aquí una ironía secreta. El nombre de “Toas” quiere decir “el Impetuoso”. Yo me complazco en pintarlo como el más dulce de los hombres, y algo alambicado por la conciencia de sus responsabilidades. Su llegada ocasiona todavía otro compás de espera, por su disputa o “agón” con Ifigenia: breve torneo o lance de pelota. Ifigenia no desea ya sacrificar a los náufragos, pues de ellos espera la revelación de su propia identidad, a la vez que la teme como se teme siempre lo que más se codicia.
V
En el tiempo quinto, Orestes se dispone a monologar y emprende su discurso. Ante todo, como buen discípulo de la oratoria, pide que lo desaten para acompañar sus palabras con los ademanes adecuados. Comienza entonces una explicación teogónica desde los orígenes de la creación, conforme a mitos mezclados de varias tradiciones, que me fue grato combinar a mi manera, según el ejemplo de Hesíodo; y así se cuenta la maldición de la estirpe a que está sujeta Ifigenia. Es un fragmento pesado y voluminoso, al estilo de la poesía genealógica. Así quise que fuera porque, en la arquitectura del poema, siento la necesidad de esta pieza enumerativa con magnitud de basamento. La sola concesión que he podido hacer a la veleidad del gusto moderno fue el desarticular y quebrar aquí y allá la torre de hexámetros en que escribí la primera versión del monólogo. Ifigenia, conforme adelanta el relato de Orestes, va penetrando poco a poco y sin darse cuenta en sus recuerdos.
Aquí comienza un segundo movimiento: por una parte, lucha de Ifigenia entre la ternura fraternal y la dulzura de las memorias juveniles, afectos e inquietudes familiares de otros días —lo que comunica a mi personaje altivo y cruel una suavidad momentánea—; y por otra parte, el espanto de sentirse brote de la rama maldita. Nótese que, si a los comienzos, es Orestes quien cuenta, después será ella quien complete su narración.
Adviértase que mi anagnórisis o agnición (el reconocimiento entre los dos héroes) cobra así un sentido profundo. En las versiones de la tragedia ateniense, Orestes e Ifigenia saben bien quiénes son, y simplemente se reconocen el uno al otro. En mi interpretación, Ifigenia se ignora, y sólo se identifica a sí misma al tiempo de reconocer a Orestes. La anagnórisis cala hasta otro plano interior, como cuando, en Sófocles, Edipo descubre que él es el matador de su padre y el esposo de su propia madre, condiciones que antes ignoraba.
Cuando Ifigenia opta por su libertad y, digámoslo así, se resuelve a rehacer su vida humildemente, oponiendo un “hasta aquí” a las persecuciones y rencores políticos de su tierra, opera en cierto modo la redención de su raza, mediante procedimientos dudosamente helénicos desde el punto de vista filológico —aunque también hay en la lírica griega instantes en que el yo íntimo se subleva contra los símbolos étnico-religiosos y aun hace mofa de ellos en nombre de la libertad personal—, pero procedimientos que, en forma sencilla, directa, y en un acto breve y preciso de la voluntad, bien podrían, creo yo, servir de alivio a muchos supersticiosos de nuestros días.
PERSONAS:
Ifigenia, sacerdotisa y sacrificadora.
Orestes, náufrago.
Pílades, su amigo.
Toas, rey de los tauros.
Pastor, mensajero de noticias.
Coro de mujeres de Táuride. Gente marinera y pastores, adornados con cuernecillos.
TARDE, COSTA DE TÁURIDE, CIELO, MAR, PLAYA
BOSQUE, TEMPLO, PLAZA: EMPIEZA LA CIUDAD
I
IFIGENIA
que ha perdido la memoria de su vida anterior:
Ay de mí, que nazco sin madre
y ando recelosa de mí,
acechando el ruido de mis plantas
por si adivino adónde voy.
Otros, como senda animada,
caminan de la madre hasta el hijo,
y yo no —suspensa del aire—,
grito que nadie lanzó.
Porque un día, al despegar los párpados,
me eché a llorar, sintiendo que vivía;
y comenzó este miedo largo,
este alentar de un animal ajeno
entre un bosque, un templo y el mar.
Yo estaba por los pies de la Diosa,
a quien era fuerza adorar
con adoración que sube sola
como una respiración.
—Y pusiste en mi garganta un temblor,
hinchiendo mis orejas con mis propios clamores;
me llenabas toda poco a poco
—jarro ebrio del propio vino—,
si ya no me hacías llorar
a los empellones de mi sangre.
De tus anchos ojos de piedra
comenzó a bajar el mandato,
que articulaba en mí los goznes rotos,
haciendo del muñeco una amenaza viva.
Tu voluntad hormigueaba
desde mi cabeza hasta el seno,
y colmándome del todo el pecho,
se derramaba por mis brazos.
Nacía entre mi mano el cuchillo,
y ya soy tu carnicera, oh Diosa.
CORO
Respetemos el terror
de la que se salió de la muerte
y brotó como un hongo en las rocas del templo.
A osadas pretendía hablar
como no hablan viento y mar,
sacudiendo ansiosa los árboles
que respondían a gritos de pájaros,
o arrancando caricias rotas
en el reventar de las olas.
—Hija salvaje de palabras:
¿quién te hizo sabia en destazar la víctima?
¿Quién te enseñó el costado donde esconde
su corazón el náufrago extranjero?
Íbamos a envolverte compasivas,
a ti, montón de cólera desnuda,
cuando nos traspasaste con los ojos,
hecha ya nuestra ama.
IFIGENIA
Otros se juntan en fáciles corros
apurando mieles del trato:
yo no, que si intento acercarme,
huyo, de mí misma asustada,
como si otro por mi voz hablara.
Otros prenden labios a labios
y promesas se ofrecen con los ojos,
gozando en conciliarse voluntades:
yo no, que amanezco cada día
al tronco de mí misma atada.
Otros, en figuras de baile
alternan amigos y familias,
contrastando los suyos con los pasos de otros:
y yo no, que caigo cada noche
en mi regazo propio.
CORO
¿Te dio Artemisa su leche de piedra,
mujer más fuerte que todos los guerreros?
¡Qué cosa es verte retorcer los brazos
en el afán de ahogar a un hombre!
Prefieres la víctima iracunda,
vencida primero y luego abierta,
para que Artemisa respire
la exhalación de sus entrañas.
¡Oh cosa sagrada y feroz!
Una fuerza que desconoces
está anudada en tu entrecejo.
Y con todo, entre temor y antojo,
te amamos como a fiera joven,
y mil veces, señora, vamos a acariciarte,
cuando he aquí que de pronto nace el rayo
por la sobrehaz de tu piel.
¡Oh cabellera híspida que no puedo peinar!
¡Oh frente y nuca broncas de besar!
¡Brazos redondos, piernas ágiles,
pies elásticos y perfectos!
¡Vaso precioso de mujer arisca:
dínos, dínos al menos
si no puedes ser dulce un solo instante;
díme si al fin podré besarte
las leves puntas de las manos!
IFIGENIA
Y, sin embargo, siento que circula una
flúida vida por mis venas:
algo blando que, a solas, necesita
lástimas y piedades.
Quiero, a veces, salir a donde haya
tentación y caricia.
Pero yo sólo suelto de mí espanto y cólera.
Y cuando, henchida de dulces pecados,
me prometo una aurora de sonrisas,
algo se seca dentro de mí misma;
redes me tiendo en que yo misma caigo;
siendo yo, soy la otra…
Y me estremezco al peso de la Diosa,
cimbrándome de impulso ajeno;
y apretando brazos y piernas,
siento sed de domar algún cuerpo enemigo.
¡Oh amor mejor que vuestro amor, mujeres!
Os corre un vigor frío por la espalda:
ya son las manos dos tenazas,
y toda yo, como pulpo que se agarra.
Y en la gozosa angustia
de apretar a la bestia que me aprieta,
entramos en el mundo
hasta pisar con todo el cuerpo el suelo.
Libro un brazo, y descargo
la maza sorda de la mano.
Hinco una rodilla, y chasquean
debajo los quebrados huesos.
¡Ya es mío! ¡Ya es tuyo, Artemisa!
Y subo, con un grito, hasta la eterna oreja.
Pero al furor sucede un éxtasis severo.
Mis brazos quieren tajos rectos de hacha,
y los ojos se me inundan de luz.
Alguien se asoma al mundo por mi alma;
alguien husmea el triunfo por mis poros;
alguien me alarga el brazo hasta el cuchillo;
alguien me exprime, me exprime el corazón.
CORO
Respetemos el dolor
de la que se salió de la muerte
y brotó como un hongo en las rocas del templo.
Sacerdotisa pura en traza de mujer,
nunca divagaré por sus dos senos
de virgen atleta,
ni gozaré tejiendo sus cabellos.
Nunca disfrutarán su piel mis manos,
ni ha de tocarla sino el aire,
o el agua donde suele romper con el contento
del caballo sediento.
—Y te envidio, señora,
el agrio gusto de ignorar tu historia.
IFIGENIA
Es que reclamo mi embriaguez,
mi patrimonio de alegría y dolor mortales.
¡Me son extrañas tantas fiestas humanas
que recorréis vosotras con el mirar del alma!
Cuando, en las tardes, dejáis andar la rueca,
y cantáis solas, a fuerza de costumbre,
unas tonadas en que yo sorprendo
como el sabor de algún recuerdo hueco;
canciones hechas en el hilo lento,
canciones confidentes y cómplices
que, siempre con iguales palabras,
esconden cada vez hurtos distintos
y mordiscos secretos en la pulpa de la vida;
que, mientras manan sin esfuerzo de la boca,
dan libertad para otros pensamientos—,
entonces yo adivino que andáis errando lejos
de la labor que ocupa vuestras manos,
dueñas de lo que sólo es vuestro
y que en vano atisban los maridos
en la joya robada de los ojos.
Ninguna costumbre os sujeta
y, en lícita infidelidad,
abrís con la llave que lleváis al cinto
una cerradura sin chirridos.
Y os envidio, mujeres de Táuride,
alargando mis manos a la canción perdida.
(¿Veis? Magníficamente nace del mar la sombra
cuando, en las colinas violetas,
asoman, de regreso, los pastores de toros…)
CORO
Canta, con aire monótono:
Cantemos, dando al tiempo
alma y copo, rueca y voz.
Horas inútiles tejen
tierra y cielo, tarde y mar.
Arañita de la casa,
no me dan oficio mejor.
Consejos me da la rueca,
sintiéndome a solas reír.
Hay quien de noche duerme,
y hay quien de día trabaja.
Hay quien aún se acuerda,
y secretea y calla.
Hay quien perdió sus recuerdos
y se ha consolado ya.
Calla un instante. Dice luego:
¿Callas, señora? ¡Solamente callas!
Y, como a aquel que canta contra el aire,
nuestra canción parece caernos en la cara,
queriéndose volver de nuevo al pecho.
¡Oh mujer de rodillas duras!
No acertamos a compadecerte.
Fuerza será llorar a cuenta tuya,
a ver si, de piedad, echas del seno
ese reacio aborto de memoria
que te tiene hinchada y monstruosa.
No hay de nosotras quien no ceda a la canción,
poniendo en ella lo que cada una sabe a solas,
si no eres tú, pregunta sin respuesta,
a quien vivimos parteando el alma con afán.
No hay de nosotras quien a las lágrimas no acuda,
con esa gula íntima de probar un secreto,
donde comienza el juntarse de las almas
en un temblor de miedo y amistad.
¡Pero tú, que ni nos engañas siquiera!
Tú que nos das la nada que te llena,
¿no harás, al menos, por forjar un sueño,
una memoria hechiza que nos pague
la sed de consolarte que tenemos?
No; rechina entre tus dientes la voz:
ni recordar ni soñar sabes,
ni mereces los senos en el pecho,
ni el vientre, donde sólo crías la noche.
IFIGENIA
Os amo así: sentimentales para mí,
haciendo, a coro, para mi uso, un alma
donde vaya labrada la historia que me falta,
con estambre de todos los colores
que cada una ponga de su trama.
El coro
engendra
al héroe
Tal vez me apunta un resabio de memoria
hecha de vuestras ansias naturales,
y en el imán de vuestras voluntades,
parece que la estatua que soy arriesga un pálpito.
Pero soy como me hiciste, Diosa,
entre las líneas iguales de tus flancos:
como plomada de albañil segura,
y como tú: como una llama fría.
Sobre el eje de tu nariz recta,
nadie vio doblarse tus cejas,
ni plegarse los rinconcillos
inexorables de tu boca,
por donde huye un grito inacabable,
penetrado ya de silencio.
¿Quién acariciaría tu cuello,
demasiado robusto para asirlo en las manos;
superior a ese hueco mezquino de la palma
que es la medida del humano apetito?
¿Y para quién habías de desatar la equis
de tus brazos cintos y untados
como atroces ligas al tronco,
por entre los cuales puntean
los cuernecillos numerosos
de tu busto de hembra de cría?
¿Quién vio temblar nunca en tu vientre
el lucero azul de tu ombligo?
¿Quién vislumbró la boca hermética
de tus dos piernas verticales?
En torno a ti danzan los astros.
¡Ay del mundo si flaquearas, Diosa!
Y al cabo, lo que en ti más venero:
los pies, donde recibes la ofrenda
y donde tuve yo cuna y regazo;
los haces de dedos en compás
donde puede ampararse un hombre adulto;
las raíces por donde sorbes
las cubas rojas del sacrificio, a cada luna.
II
CORO
Pero callemos, que un pastor color de tierra,
vago engendro de lanas y hojarasca,
se acerca aquí, como bulto que echa a andar,
filtrando una mirada de ansia y susto
por entre el heno de la barba y las cejas.
Con el cayado sólo bate el aire,
y parece irradiar palabras con la honda;
que al hombre cogido entre sorpresas
no hay útil cuyo oficio no se esconda;
y —todo él lanzado ariete—
devuelve al alma oscura la luz de los sentidos,
y es ya todo intenciones, todo oídos,
todo aspavientos, todo interrogación.
En vano la pesuña elemental
se articula en los cinco dedos ágiles,
ni el unánime ruido animal
se distribuye en cortadas palabras.
Ya olvida el habla, ya descuida el andar;
de su vetusta cojera no se acuerda,
y de lejos nos tiende la mano temblorosa,
como si en esa mano sus noticias trajera.
Entra el
PASTOR
Náufragos, náufragos hay, señora,
si lo es el que pisa tierra ingrata a sus plantas,
aun cuando no lo ruede el mar hasta la orilla,
ni el barco entre en la playa con el costado abierto.
IFIGENIA
¿De dónde son?
PASTOR
Helenos.
Uno llamaba Pílades al otro.
Son dos amigos como dos manos bien trabadas;
donde pregunta el uno, el otro le contesta;
donde uno dicta, el otro le obedece.
Son como un alma repartida en dos cuerpos;
cuando habla el uno, calla el otro,
y se completan como dos porciones
de una misma necesidad.
IFIGENIA
¿Y los habéis cazado?
PASTOR
Nuestros y tuyos son.—Y de la Diosa.
IFIGENIA
Pero ¿qué harán los pastores en el mar,
a deshoras corriendo tras las olas
y enloquecidos por vellones de espuma?
Pero ¿qué andáis juntando los rebaños del agua?
¿De dónde trocasteis los oficios,
confundiendo remos y cayados,
redes y ondas, maldiciones y canciones?
Oh padres apacibles de la tierra
domesticada y quieta,
médicos de zampoña y melodía
y abuelos de la oveja preferida:
¿Qué hacíais entre el sobresalto sin fondo
que se burla con velas y con leños,
cuerdas y puños y gritos de furor?
PASTOR
Mensaje
Íbamos a bañar las reses en la cueva
que sirve de refugio al pescador de púrpura,
porque el toro, señora, vuelve al mar como el río,
para cobrar allí sangre, valor y brío.
Muge el novillo; late el can. Es hora
en que la última tarde se dora,
y el mar se deja traspasar el pecho
por un haz de espadas de plata.
Hiere la luz, pero no alumbra;
y sorda sensación de una presencia humana
nos cohibe de pronto, al saludar las cuevas.
Sobrecogido retrocedo entonces,
de puntillas y haciendo la señal del silencio,
de miedo que algún dios desconocido
habite el mar que bate las Simplégadas,
hijo de la marina Leucotea,
Palemo —o algún otro poeta de las aguas.
Y es verdad; que, al rumor que alzamos,
salta en figura de doncel armado
y, echando espumarajos por la boca,
a tajos y a mordiscos cae sobre las reses,
gritando: “¡Oh Furias, oh Dragón,
oh mala hembra que muerta me persigues,
oh vergüenza de Micenas de oro,
oh baño ensangrentado en sangre del esposo!”
El otro, Pílades, en vano lo sujeta,
como a demente que mira sólo el fuego
profundo de su alma, y finge formas
y torna objetos, y cambia el sueño de los ojos
por el sueño de su corazón.
Y, sea que el instinto nos avise
que bajo su locura humana alienta un dios,
o que las armas vibren respetos en su mano,
huimos, como huían los ganados,
para sólo volver y dar sobre el intruso
cuando el otro lo tiene ya sujeto.
Y es fuerza que les valga algún conjuro
o que vengan ungidos de aceites prestigiosos,
para que no perezcan en los nudos
de brazos de pastores y de gente campesina
que se junta al tumulto.
Gracias que estamos ilesos unos y otros
y que tu sacrificio, Madre, será perfecto.
III
Entran hombres con los dos cautivos atados.
ORESTES
atado, apedreado,
delira así:
Cabra de sol y Amaltea de plata
que, en la última ráfaga, suspiras
aire de rosas, palabras de liras,
sueño de sombras que los astros desata;
al viejo Dios leche difusa y grata,
y, del reflejo mismo en que te miras,
hacendosa hilandera, porque estiras
en hebra y copos el vellón que labras;
tarde, en fin, quieta como impropicia y dura:
prueba pues, ya que a tanto conspiran mis estrellas,
a exaltar otra vez mi razón en locura,
para que yo, que vivo amamantado en ellas,
no sufra el tacto de otra piedra impura
sin estallar mil veces en centellas.
IFIGENIA
(Dice, a solas, palabras que apenas se tienen unidas,
como el que sale, bandeando, del torpor de un sueño;
mas hay una oscura voluntad que atisba
—perro fiel— junto a la embriaguez de su dueño.)
Grecia
y los
bárbaros
—Helenos:
¿De dónde traéis carga de destinos,
para dar en playas donde mueren los hombres?
¿Qué irritados espíritus tenéis sedientos
de sal y aceite que apaciguan hambres del cielo?
Helenos: la fortuna está en no buscarla,
y habéis tentado todos los pasos del mar.
No os basta la ciudad medida a las plantas humanas
y, rompiendo los límites del cielo,
¿os sorprende ahora caer en la estrella sin perdón?
Helenos: forzadores de la virgen del alma:
los pueblos estaban sentados, antes de que echarais a
[andar.
Allí comenzó la Historia y el rememorar de los males,
donde se olvidó el conjugar
un solo horizonte con un solo valle.
La sabiduría ya estaba descubierta;
los brazos ya estaban cruzados sobre el pecho;
los ojos se escrutaban a sí mismos
para desanudar en su revés el mundo;
y el índice de piedra
sujetaba en racimos el espacio profundo.
Se apaciguaba, helenos, el gotear del agua eterna;
y en el reló dormido del estero
lanzasteis la bellota profana.
Y cedisteis al inmenso engaño
partido en diminutas y graciosas mentiras;
y con el bien y el mal terribles
hicisteis moderadas apariencias
para cebar la codiciosa bestia,
oh falsificadores de lágrimas y risas.
Os acuso, helenos, os acuso
de prolongar con persuasión ilícita
este afrentoso duelo, esta interrogación…
Titanes
Así deis con la frente en las esferas últimas,
y os sienta el último fantasma
rodar entre peñascos en declive,
surtiendo por el pecho maldición de volcanes,
¡oh instrumentos de la cósmica injuria,
oh borrachos de todos los sentidos!
ORESTES
grita:
¡Raza vencida de la tierra:
reconoce a tu domador!
¡Tú que temblabas, gusanera aplastada,
bajo los Siete Días orientales
de la Creación!
Tú que apenas usabas como alma
un escozor de pánico,
y que desfallecías, heredera
de todos los pavores animales;
devuelta con arrobamiento al fango;
lodacero que criabas raíces
para enredar los talones bailátiles
de los hijos de Prometeo:
¿Qué me acusas, ojos de arcilla?
Frentes hacia abajo, ¡qué sabéis
de levantar con piedras y palabras
un sueño que reviente los ojos de los dioses,
otra simiente de naturaleza,
hija pura y radiosa del humano deseo,
oro de eternidad, diamante pleno
labrado en los martillos
impecables del corazón!
IFIGENIA
En vano, por primera vez, aguardo
que me sacuda en cólera la Diosa.
—Librad al griego; recoged mi manto:
sobran horas al tiempo.
Apercíbese Ifigenia con vasos lustrales. Pílades,
atado, da un paso hacia Orestes, como a socorrerlo.
ORESTES
Comienza la
anagnórisis
Detente, Pílades, que siento
el indeciso vaho de los dioses;
y, entre los ojos de la carnicera,
me sorprende el halago de una mirada rubia.
No en vano las aguas se abren y se juntan;
no en vano los vientos y el elástico mar,
no en vano gimen y aúllan
en torno a la nave del griego que sabe esperar.
No fue ciega la ira que me devolvió a Micenas,
incubando en el monte mis furores de niño;
nodriza ruda me criaba para el cuchillo,
y soy dardo de mano derechera.
¿Nada te dice, amigo, el portento que te sale al paso?
¿Dónde está la tierra de las Amazonas guerreras?
¿Cuándo viste, Pílades, combatiendo brazo a brazo
a la sacerdotisa con las víctimas extranjeras?
Bien que la barbarie, educada en el desorden del
[mundo,
pisotee los prodigios como las yerbas,
confundiendo árboles y fieras y hombres y sexos,
sin distinguir lo propio de lo desorbitado y súbito.
Pero tú, filósofo en cuyos brazos descanso,
¿me enseñaste acaso a concebir mujeres
como la Quimera, con garras y crestas y fauces,
o sacerdotisas mezcladas de leonas?
Sólo cuando el dios anda rondando los montes
miras volar los árboles y oyes hablar a los pájaros.
Así me devuelves, mujer, la confianza en
Apolo, sólo con tu furia y con tu locura sólo.
No está lejos, no, la fuerza que me trajo rodando:
y ya no vacilo, que estoy en tierra de Tauros.
De Artemisa es, Pílades, el templo que venimos
[buscando,
y esta mujer —
IFIGENIA
—¡Oh calla. por tus enemigos dioses!
Mira que estás por quebrar la puerta sorda
donde yo golpeo sin respiración.
Mira que me doblo con influjos desconocidos,
juntas en imploración estas manos mías tan ásperas.
Tengo miedo, calla, la Diosa nos oye.
Ella me implica toda: yo crecí de sus plantas.
Si tú sabes más, tejedor de palabras
—pues así adivinas tierras y hombres
ensartando lo que ignoras con lo que conoces—,
calla, por tus amuletos; calla, por tus cabellos,
en los que reclavo con ansia mis dedos;
calla, por tu mano derecha;
calla, por tus cejas azules;
y por ese lunar que hay en tu cuello,
gemelo —mira—,
gemelo del lunar que hay en mi hombro.
Calla, porque me aniquila el peso del nombre que
[espero;
oh vencedor extraño, calla, porque, al fin, no quiero
saber —oh cobarde seno— quién soy yo.
ORESTES
¿Callaré, Pílades, cuando vine a decirlo?
PÍLADES
No.
CORO
Dos animales de la misma cría
no se juntan mejor. Uno conduce,
y la otra le sigue —antes tan fiera.
Manda el varón, y al fin es hembra ella.
Pero ¿esas miradas que se hunden
la una en la otra, como en propio elemento?
Y la gota negra de aquel cuello
resbala aquí, camino de este seno.
Un mismo arte de naturaleza
concertó los dos sones de gargantas…
¡Mil cosas misteriosas nos relatan los viejos,
y yo, sin serlo, he visto tantas!
IV
Toas y el séquito.
Suspensión entre los que llegan
y los que estaban presentes.
TOAS
Soy el rey Toas, de leves pies como las aves.
Como quien manda, olvido mis cuidados
por oír el rumor que corre el pueblo.
Hecha de mar y roca, alta señora,
sacerdotisa que llevas la clava
desde que el cielo apedreó a la tierra
con el poder de la nocturna Diosa
—Díctina de la selva, hija de Leto:
Prepárense los vasos y los cestos,
y arda el fuego de la salsa mola;
echad el llanto, hombres oscuros:
la Diosa no perdona.
Ejércitos de abejas amarillas
aplaquen —cediendo miel— las tumbas.
Iras de Inmortales reclaman
la miel salobre y roja de otra ofrenda.
IFIGENIA
Oye la voz de tu sacerdotisa,
rey de nombre de ave:
éstos me vencieron sin manos
y me ataron con la amenaza.
No los quiere la Diosa; traen a cuestas
el nombre que he perdido.
TOAS
El nombre que tenías lo has perdido en el mar.
IFIGENIA
Éstos, del fondón de los mares
llegan, vomitados de olas.
TOAS
Náufragos son, ley igual los condena.
IFIGENIA
Ley que un hombre trazó y otro quebranta.
TOAS
Escrita está en las plantas de Artemisa.
IFIGENIA
—Que es superior a ella y con los pies la pisa.
TOAS
¿Qué pretendes?
IFIGENIA
Que hablen.
TOAS
Hablad, hombres oscuros.
V
ORESTES
¿Diré, Pílades, el nombre que azuce
las bandadas de nombres temerosas?
Evitaré más bien el torbellino
que alzan los vientos súbitos,
y habré de conducirla paso a paso,
como a ciega extraviada que tantea el camino,
hasta dejarla donde la perdí.
—Oye, sacerdotisa: devuélveme las manos,
porque no sé contar sin libertad mi historia.
Ademán de Ifigenia. Desatan a Orestes, que continúa:
Teogonía
Dos veces Urano engendraba en el seno de Gea,
ensayando monstruos que la vergüenza rechaza.
Voluntad oscura, sus intentos multiplicando,
mezclaba impetuosos crímenes con virtudes severas.
En los Cíclopes era espanto la mal trazada frente
y los brazos de Briareo eran fuerza desperdiciada.
Y el Padre deshacía sus horripilantes juguetes,
bien como alfarero que ensaya el jarro dos veces.
Perra ululante, Gea sus cachorros le disputaba.
—¡Hijos del Padre loco! ¿Quién me vengará? —les
[decía—
Y el último, Cronos, contraído bajo sus tetas,
tiembla de furor y designios.
Era creada ya la raza del blanco acero.
Cronos esconde la hoz, y Urano un deseo aventura;
pero, segadas a punto las informes flores del sexo,
la sangre del Padre loco fecunda todavía el suelo.
Erinies y Gigantes y Ninfas brotan y Diosas,
y sobre el mar, la deseada rosa:
Afrodita la llaman, hija de las espumas;
Citerea, vecina de la isla;
Kiprigenia, porque llega a Chipre batida de olas;
Filomedea, en fin, hija de los anhelos.
Así la vital angustia, derramada en sangría,
Gea, perra ululante, sigue fomentando tus crías.
Ya está mezclado el crimen en la masa del mundo.
Dioses recelosos de sus proles indeseadas
acechan a las diosas que se acuestan con hombres.
Los padres de tribus a los mancebos devoran,
y el justo Edipo, testigo insobornable,
se descuaja los ojos contra el error del cielo.
Hubo un rey en Lidia cuya casa honraba el Olimpo,
¡y osó hacer festín de las carnes de su hijo!
Como torres gigantes, los Inmortales, mudos,
contemplan la ofrenda de Tántalo mezclada de
[horrores.
¿Qué hacías, Diosa hambrienta, olvidadiza Deméter,
devorando, sin saberlo, el hombro arrancado de
[Pélope?
Zeus Tempestuoso hinca los ojos en Tántalo,
que entra desbarrancado en los Infiernos,
donde con boca reseca jadea tras el agua que huye;
donde, por hurtárselas, los árboles sus pomas
[degluten.
Júntanse las partes y Pélope vuelve a vivir;
se alza cetro en mano, y el hombro de marfil.
Pero la maldición vuela, contaminando
a todos los brotes de su gente.
Niobe deshijada, piedra que llora ríos,
ve traspasados sus hijos con flechas de oro,
y Tiestes y Atreo, en festines horrendos,
vomitan, desfallecidos, la sangre criminal del abuelo.
Y nacieron, uno de otro,
Tántalo, Pélope y Atreo,
y Agamemnón, castigador de Troya
y hermano vengador del zaino hermano.
Igual deslealtad les esperaba
con Clitemnestra, hembra matadora del macho,
y con Helena, por quien tiene hartazgo
de cadáveres la ciudad de los pájaros.
Mientras las naves huecas deshacían la ruta de Ilión,
tramaba Clitemnestra con Egisto;
y Agamemnón cayó a mansalva,
vencido entre los brazos de su casa.
Entre los que crecían en palacio,
el mayor de los hijos
era menor que la venganza: Electra,
hemana blanca; pero, providente,
me hizo nutrir de tierra y de raíces,
abrigado de cuevas y de pieles,
montaraz y distante,
intacto cazador de Apolo.
Y, en la incertidumbre de sus noches,
el sueño de la madre dio presagios:
me veía dragón, me padecía
estrujando y sorbiendo en sus pezones
fango de leche y sangre.
Y al fin, entre relámpagos de crimen,
bajo el furor de Apolo cómplice
y la tronante cólera del cielo,
y bajo las legiones espantadas
y saltonas de Furias,
el cazador cazó a la madre adúltera.
¡Oh vino soberano
que un día me embriagaste para siempre!
¡Nunca probara yo de tu delirio,
y no me persiguiera
la indignada caterva de mi madre!
IFIGENIA
Los nombres que pronuncias irrumpen por mi frente
y se abren paso entre tumultos de sombra;
y, por primera vez, mi dorso cede
con un espanto conocido.
Me devuelvo a un dolor que presentía;
me reconozco en tu historia de sangre,
y gime, sin que yo lo entienda todavía,
un grito en mis orejas que dice: “¡Áulide! ¡Áulide!”
CORO
Asisto a los misterios —y callo.
IFIGENIA
Siento, como en la ácida mañana,
madrugar el pavor de estar despierta:
cenizosa conciencia
que torna a la mentira de los días
con una lumbre todavía de sueño,
hecha de luz funesta que transparenta el mundo.
ORESTES
Te asiré del ombligo del recuerdo;
te ataré al centro de que parte tu alma.
Apenas llego a ser tu prisionero,
cuando eres ya mi esclava.
En Áulide, los vientos no prosperan
o los adversos dioses redoblan el resuello;
y para que los leños flotantes de las naves
sigan el curso, piden sacrificios.
La sangre de una virgen Artemisa reclama.
IFIGENIA
¡Oh Diosa, voy a ti, pues tú me llamas!
ORESTES
Aguarda, hay tiempo aún.—Ya los oráculos
designan a Ifigenia.
IFIGENIA
¡Oh Diosa!
ORESTES
Aguarda.
La casta de adivinos es ávida de males.
Hija de Agamemnón: fuerza es traerte
engañada hasta el sitio de la ofrenda,
donde adelanta en pago de lágrimas la madre
el crimen que ha de cometer más tarde.
IFIGENIA
Al fin es madre, Orestes;
y espera, en las edades de la hija,
que la fruta de nietos se le rinda.
Al fin es madre, Orestes, y prolonga
hasta la pubertad el gusto de mi cuna.
Al fin, en cada hora presentía
la cosecha de una caricia nueva;
porque es todo inquietudes y sorpresas
el logro minucioso de la hija.
Odiseo me trajo prometida
al lecho de un valiente —Aquiles.— (Oye:
al crear este nombre con esfuerzo,
tengo piedad yo misma de mis labios.)
—Pero ¿qué hago, Diosa? ¿Salgo de tu misterio?
Amigas, huyo: ¡esto es el recuerdo!
Huyo, porque me siento
cogida por cien crímenes al suelo.
Huyo de mi recuerdo y de mi historia,
como yegua que intenta salirse de su sombra.
Sujétanla.
ORESTES
Sujetadla y que beba la razón
hasta lo más reacio de sus huesos.
Hínchate de recuerdos,
óyelo todo: En Áulide fuiste sacrificada;
pero Artemisa te robó a su templo
a la hora en que Calcas descargaba el cuchillo,
y cayó en tu lugar, forjada de tu miedo,
cierva temblona que mugió con muerte.
IFIGENIA
Orestes, soy tu hermana sin remedio,
y en el torrente de la carne, siento
latir la maldición de Tántalo.
Pero contéstame, pues me castigas
de envidiar la miseria de las hijas de Táuride
y desear la vida compartida
—humano pan de donde todos coman—;
¿no me estaba yo bien, guijarro de esta roca,
arista desgajada de la Diosa?
¿No me fuera más dulce la sombra en que yacía
y el destazar continuo de las víctimas?
¿A qué trajiste el rayo de mi casa
a la ribera en que estaba yo perdida?
¡Ay hermano de lágrimas, crecido
entre la palidez y el sobresalto!
¡Déjame, al menos, que te mire y palpe,
oh desvaída sombra de mi padre!
CORO
Entran los ojos en los ojos. Andan
tentándose las manos con las manos.
Y en la arena, la huella de la hermana
acomoda a la huella del hermano.
ORESTES
Y déjame que alivie tanto llanto
—¡ay hermana que fuiste mi nodriza!—
viendo rodar mi lloro por tu cara
y latir en tu cuello mi fatiga.
CORO
¡Señora! ¿Y te acaricia? ¡Y tú te doblas
debajo de su barba! Y nos pareces
más pequeñita, al paso que reviven
y te van apretando las memorias.
IFIGENIA
¡Suelta, suelta, que mi dolor no importa!
No me abandones, Diosa,
y permite que huya de mí propia
como yegua que intenta salirse de su sombra.
ORESTES
¿Recuerdas?
IFIGENIA
Sí.—Llegamos en el carro:
mi madre —porque es mi madre, Orestes—,
tú, tierno niño que sólo ríe y llora,
yo, y los presentes de mi boda.
Me bajaron en brazos las muchachas de Calcis,
como a la prometida del nieto de Nereo;
y a ti, con delicadas manos,
para no sacudir tu frágil sueño;
que eran asustadizos los caballos,
y no obedecían a la voz.
Saltamos como terneras sueltas en prado.
Ignorando las rudezas del campamento,
yo, corazón nupcial, fiesta hacía de todo.
Y he visto a los dos Áyaces, amigos de armas;
y a Protesilao y Palamedes
que jugaban con unas figurillas;
y a Diomedes, hecho a lanzar el disco;
y al portentoso Merión, raza de Ares;
y al hijo de Laertes, engañoso;
y al hermoso Nireo, el más hermoso.
A pie, de lejos, disputaba Aquiles
—oh sienes mías hechas al dolor—
victorias de carrera a la cuadriga
de Eumelo, que acosaba a los caballos
blancos del yugo,
y a los rojos manchados que iban a larga rienda.
CORO
¡Oh Paris, Paris, que con la flauta frigia
apacentabas novillos en el Ida!
¡Oh juez de diosas y ladrón de hogares,
cómo va a perecer por ti la flor del año!
ORESTES
Dí, ¿conociste a Aquiles?
IFIGENIA
No, sino en el relato de mi madre
que, con estrago de dolor y miedo,
se echó a sus pies, pudores olvidando.
Alumno de Quirón, hijo de diosa,
era ajeno al engaño, y fue a salvarme.
Lloraba sin rubor: ¡era tan joven!
No negaba el pavor: ¡era tan bravo!
No quiso conocerme: ¡era tan casto!
ORESTES
Prosigue.
IFIGENIA
¡Infierno, Infierno!
Tu boca misma habló por Clitemnestra.
Me hizo llegar, trayéndote en el manto,
y a mí, que lo quería más que todos,
me redujo a escuchar lo que le dijo al padre.
CORO
Un gran dolor ahoga la vergüenza.
IFIGENIA
Dijo: —“Me arrebataste a mi primer marido;
y, arrancándomelo de los pechos,
estrellaste a mi primer hijo contra el suelo.
Mi padre hizo la paz en los hermanos,
y fui casta y sobria en tu palacio.
Tres hijas y un hijo te he dado.
Te sales de tus tierras por ajenos agravios,
y, además de tu aposento vacío,
¿quieres que llore ahora la muerte de Ifigenia?
¿Y qué frente ofrecerás mañana
al beso de tus hijos sin hermana?
Que ceda Menelao a su hija Hermione:
suya es la ofensa, no son ciegos los dioses.
¡Oh mano que mandas de lejos!
¿Arrastrarás tu propia hija por los cabellos
hasta el ara de la Divina Cazadora,
y yo la seguiré, sin soltar sus vestidos,
hecha consternación de tus ejércitos?”
ORESTES
¿Y yo, entretanto?
IFIGENIA
No sabías hablar, ¡oh el más amado!
Con lágrimas y brazos implorantes
tú me ayudaste, en fin, cuanto podías.
Estreché con el tuyo el cuerpo de mi padre,
como con elocuente rama de suplicantes:
—“Yo la primera te he llamado padre;
tú la primera me llamaste hija;
gozosas nupcias prometiste un día,
y yo soñaba en acogerte, anciano,
entre próspera bulla de la prole.
Insano afán de navegar a tierras bárbaras
te hace dejar la tierra
donde cortan jacintos y rosas lo que dio a luz mi madre.
Mas yo no debo amar demasiado la vida.
—¡Dispón, oh Calcas, de mi ración de sangre!”
Y desvié los ojos
del bulto convulsivo de mi madre.
Calcas alzó la mano: ¿se oyó el golpe?
ORESTES
He aquí que te encuentro muerta y viva,
sacrificada y sacrificadora.
IFIGENIA
Con sospecha:
¿A qué viniste, dí?
ORESTES
En busca tuya.
IFIGENIA
Recobrando su arrogancia perdida:
¿Para que siga hirviendo en mis entrañas
la culpa de Micenas, y mi leche
críe dragones y amamante incestos;
y salgan maldiciones de mi techo
resecando los campos de labranza,
y a mi paso la peste se difunda,
mueran los toros y se esconda la luna?
¿En busca mía, para que conciba
nuevos horrores mi carne enemiga?
¿Para que aborten las madres a mi paso,
y para que, al olor de la nieta de Tántalo,
los frutos y las aguas huyan de mi contagio?
ORESTES
Por el sello que llevas en la frente,
hija de Agamemnón, ante los tauros
oye la orden que traigo de Apolo:
Me seguirás hasta Micenas de oro,
y volverás a la casera rueca,
y cumplirás con dar los brotes nuevos
a la familia en que naciste hembra.
Fuerza será que, complaciente esposa,
te alimente en su casa algún príncipe aqueo.
No se corta la sangre sin mandato divino.
IFIGENIA
Huiré de mí propia,
como yegua acosada que salta de su sombra.
ORESTES
Me seguirás, y ceñirás la vida
a que las altas normas te condenan.
Cualquier dolor pasado
es, a los mismos dioses, duro espanto.
¿Quieres romper con la Necesidad,
vuelta contra el latido que llevas en el vientre?
¿Y qué harás, insensata,
para quebrantar las sílabas del nombre que padeces?
IFIGENIA
¡Virtud escasa, voluntad escasa!
¡Pajarillo cazado entre palabras!
Si la imaginación, henchida de fantasmas,
no sabrá ya volver del barco en que tú partas,
la lealtad del cuerpo me retendrá plantada
a los pies de Artemisa, donde renazco esclava.
Robarás una voz, rescatarás un eco;
un arrepentimiento, no un deseo.
Llévate entre las manos, cogidas con tu ingenio,
estas dos conchas huecas de palabras: ¡No quiero!
Refugíase en el templo, desapareciendo de la escena
TOAS
He aprendido a llorar ajenos males
y a gozar con mesura el bien que alcanzo.
No puede el noble decir lo que le plazca.
¡Qué vanas apariencias nos gobiernan!
Cierto es que servimos a la plebe.
Licencia tienen otros para clamar a voces,
no el monarca prudente,
que sólo con el ceño engendra nubes.
CORO
Nadie que no sea sensato
mande en las plazas de los hombres.
Oh rey de leves pies de ave:
hay sed de tu clemencia.
TOAS
Como dirigiéndose a Ifigenia:
Todo lo sé: la onda cordial desata,
voluntad que anulaste la porfía
del bien y el mal; dureza generosa,
basa de templos, muralla de ciudades.
Boca de dictar leyes,
mano de hacer y deshacer cadenas,
frente para corona verdadera,
¿qué nombre te daremos?
Todo lo sé: la onda cordial desata,
cólmate de perdón hasta que sientas
lo turbio de una lágrima en los ojos:
Mata el rencor, e incéndiate de gozo.
CORO
Alta señora cruel y pura:
compénsate a ti misma, incomparable;
acaríciate sola, inmaculada;
llora por ti, estéril;
ruborízate y ámate, fructífera;
asústate de ti, músculo y daga;
escoge el nombre que te guste
y llámate a ti misma como quieras:
ya abriste pausa en los destinos,
donde brinca la fuente de tu libertad.
TOAS
Destuerzan la senda los náufragos.
Dadles, tauros, remos y velas.
Oh mar: tuyo era el mensaje:
guárdalos tú de tus procelas.
Seguidos del pueblo, aléjanse hacia el mar Pílades y Orestes, brazo en el hombro, dobladas las barbas sobre el pecho.
CORO
¡Oh mar que bebiste la tarde
hasta descubrir sus estrellas:
no lo sabías, y ya sabes
que los hombres se libran de ellas!
Ha anochecido. Las primeras luces se atreven.
Escrito entre agosto y septiembre de 1923. Publicado en Ifigenia cruel [1924], en Obras poéticas [1952], en Teatro mexicano del siglo XX, t. II [1956] y en Obras completas de Alfonso Reyes, t. X, Fondo de Cultura Económica, México, 1959, pp. 313-350 [LETRAS MEXICANAS].
COMENTARIO A LA IFIGENIA CRUEL
I
La afición de Grecia
Por el año de 1908, estudiaba yo las “Electras” del teatro ateniense. Era la edad en que hay que suicidarse o redimirse, y de la que conservamos para siempre las lágrimas secas en las mejillas. Por ventura, el estudio de Grecia se iba convirtiendo en un alimento del alma, y ayudaba a pasar la crisis. Aquellas palabras tan lejanas se iban acercando e incorporando en objetos de actualidad. Aquellos libros, testigos y cómplices de nuestras caricias y violencias, se iban tornando confidentes y consejeros. Los coros de la tragedia griega predican la sumisión a los dioses, y ésta es la única y definitiva lección ética que se extrae del teatro antiguo. Hay quien ha podido aprovechar su consejo. La literatura, pues, se salía de los libros y, nutriendo la vida, cumplía sus verdaderos fines. Y se operaba un modo de curación, de sutil mayéutica, sin la cual fácil fuera haber naufragado en el vórtice de la primera juventud. Ignoro si éste es el recto sentido del humanismo. Mi Religio Grammatici parecerá a muchos demasiado sentimental.
Tenemos derecho —una vez que por cualquier camino alcanzamos la posesión de un módulo— para manejarlo a nuestra guisa. ¿Y qué otra cosa han hecho los trágicos de todos los tiempos, sino volver a contar a su modo una historia conocida en lo general? Lamento tener que referir una triste anécdota. Cierto amigo, no ayuno de letras, me dijo cuando leyó la Ifigenia “Muy bien, pero es lástima que el tema sea ajeno.” “En primer lugar —le contesté—, lo mismo pudo usted decir a Esquilo, a Sófocles, a Eurípides, a Goethe, a Racine, etc. Además, el tema, con mi interpretación, ya es mío. Y, en fin, llámele, a Ifigenia, Juana González, y ya estará satisfecho su engañoso anhelo de originalidad.”
Sucede en esto lo que con el libro de cabecera: es tan nuestro, que rueda por las sillas y por las mesas, le anochece en el velador y le amanece a los pies de la cama. Al libro predilecto lo tratamos —en nuestro fuero interno— con todas las veleidades de la sinceridad: reñimos con él, le exigimos más que a ninguno. Justificada la afición de Grecia como elemento ponderador de la vida, era como si hubiéramos creado una minúscula Grecia para nuestro uso: más o menos fiel al paradigma, pero Grecia siempre y siempre nuestra. Entonces, ya era dable arriesgarse a sus asuntos sin tono arcaizante, y aun sin buscar compromisos líricos entre lo antiguo y lo moderno. Esto, con ser más sincero, es a la postre más valiente: exhibición no disfrazada de nuestras ininteligencias o aciertos, nos vende, nos entrega; si la obra emprendida fracasa, no podemos recuperarnos. Somos uno con ella: no es Grecia, es nuestra Grecia. Tanto riesgo solicita a todo corazón templado.
Además de que hay una Grecia cotidiana, una perspectiva de ánimo que nos capacita para humanar hasta los mitos más rígidos y arcaicos. Los pintores supieron adorar a la Virgen María en traza de señora flamenca. La afición de Grecia es tan imperiosa o más. Helena vivió por las páginas caprichosas del Fausto con más verdad que Ifigenia en el drama que Goethe le consagró.
Al tiempo de estudiar la evolución de Electra —Esquilo, Sófocles, Eurípides—, íbamos divagando sobre tal o cual motivo paralelo: hoy sobre Hécuba o Casandra, y mañana sobre Ifigenia. Y estas divagaciones —entonces verdaderos reposos y bostezos de la atención— se han quedado ahí, por los cuadernos de notas, en estado de disjecti membra, esperando que tronara el clarín del ángel.
Antes de que mi Ifigenia pudiera alentar, había de cerrarse un ciclo de mi vida.
II
Idea de la tragedia
De entonces acá no he vuelto a pensar sobre la tragedia clásica en sí misma, y mis meditaciones de entonces pueden resumirse así (Cuestiones estéticas, París, 1910, pp. 54-66):
La tragedia griega es, desde luego, humana, pero universalmente humana, en cuanto sumerge al hombre en el cuadro de las energías que desbordan su ser. Hoy, Emerson ha podido decir: —Venimos a perturbar el optimismo de la naturaleza. Pero al griego sus propios dolores se le representaban como ecos de un mal general: él no era más que una oreja en la conciencia dolorida del universo. Éste era, precisamente, el consuelo, ésta la alegría fundamental de la vida griega: que el hombre no estaba a solas con su dolor, que su dolor mismo no era exclusivamente suyo. Esto era también lo que hacía posible la desesperación y el desahogo dionisíacos: el duelo era comunicable al mundo. En el caso superior del héroe, el héroe y el mundo se cambian influencias universales, y la suerte de un pueblo no es más que un reflejo de las contaminaciones, del diálogo entre Edipo y la Esfinge. Vivo él, suceden catástrofes a su paso. Muerto, sus huesos abandonarán la gloria de la tierra que le dio sepultura.
Para los aspectos más individuales de su pasión, el griego usaba de la Lírica. Al Teatro no quería llevar más que un diálogo cosmogónico, aunque revestido en pretextos humanos ciertamente, porque sólo al modo humano tenemos noticia de la agencia de sus destinos. Y el griego prestaba al Teatro, por lo demás, la misma imaginación colorida que tuvo para su religión. Por muy abstracto que sea el propósito, a un griego no le será dable rodar por las aberraciones estéticas del teatro medieval, y especialmente de aquellos extraordinarios “autos sacramentales”, delirios del frenesí teológico.
Hasta el mecanismo de las antiguas representaciones favorecía esta concepción cósmica: la tragedia griega se gobernaba por una fórmula simétrica, dentro de la cual el poeta iba labrando. Los acontecimientos habían de sucederse en un proceso siempre regular: el prólogo de los autores, los parodoi del coro, los episodios de los autores, los stásima del coro, y los finales éxodos, todo ello se entretejía con un ritmo fijo. El coro se movía a compás y en tiempos predeterminados. El protagonista debía tener al deuterogonista a la derecha y al tritagonista a la izquierda, y cada uno entraba y salía por cierto lugar del proscenio. Los diálogos mismos parecen obedecer a una norma: 1) largo parlamento del héroe; 2) comentario rápido del coro; 3) amplia respuesta del interlocutor o adversario; 4) rápido comentario del coro; 5) charla apresurada, en fin, donde los disputantes se arrebatan la palabra y se completan mutuamente las frases, torciéndolas y esgrimiéndolas como en el teatro español (sticomythia).
Todo lo cual hace de la tragedia una escena de danzas, marchas, discursos equidistantes, en que fácilmente se descubre el ánimo ritual, el ánimo de superar lo social e inmediato para más bien representar un objeto de filosofía religiosa, una suerte de misa. Sin que esto excluya, por supuesto, los rasgos de sátira que cada vez van invadiendo más la tragedia. Aquellas escenas sugieren, pues, un universo regido por leyes armoniosas, musicales, mucho más que un drama individual.
La misma figura humana se agigantaba por el uso del coturno, se inmovilizaba en el gesto de la máscara; la voz se alteraba en los resonadores, y el actor era como una expresión visible y audible de la fuerza mística. Los personajes no son sino conciencias que cavilan en los destinos, a través de símbolos objetivos y humanos. Los haces místicos vuelan por el aire oscuramente; pero se tiñen y se hacen perceptibles en ese pretexto de voluntad: la figura humana.
Desde luego que yo no intentaría conservar aquí el mecanismo de la tragedia; pero, por lo menos, su abstracción. Mi parodia no tiene escenario muy definido, ni retrata tipos sociales, ni alardea con los pueriles encantos del color local. Sus caracteres mismos muy posible es que sean meras sombras de seres cargados con una misión ética. Fueron concebidos con sencillez. Unos frente a otros, suscitan conflictos, como los mordedores reactivos de la química al encontrarse; pero, en sí mismos, viven bajo la complicidad de sus corazones. En tal sentido, la obra es una alegoría moral.
La Ifigenia, además, encubre una experiencia propia. Usando del escaso don que nos fue concedido, en el compás de nuestras fuerzas, intentamos emanciparnos de la angustia que tal experiencia nos dejó, proyectándola sobre el cielo artístico, descargándola en un coloquio de sombras.
III
Función del coro
Con todo, hemos querido privarnos de algunos elementos felices del teatro griego. Desde luego, del coro.
Por razones de orden material, por la dificultad de hacer salir y entrar al coro constantemente, resultó que éste viniera a participar en los secretos del héroe. El generoso espíritu de los griegos lo entendió sin malicia: el coro, por regla, no sería traidor; el protagonista casi podría definirse como el personaje simpático al coro, aun en los casos en que le lleva la contraria.
El coro es embrión de la tragedia y representa, arqueológicamente, las danzas de sátiros alucinados. Sus alucinaciones engendran al dios, al héroe, al actor trágico. En el coro se conserva el principio lírico, pues la narración épica ha quedado confiada a los mensajeros, y la acción presente, a los personajes. Así pues, en el origen, el coro produce a los actores. Pero creado ya el Teatro, la representación y la escenificación de episodios son los que el Teatro tiene de propio, su aportación nueva y especial. Los actores pasan, entonces, al primer término, y los coreutas al segundo. La ley genética va a invertirse, y ahora, según lo explicaremos, los actores producen al coro:
El coro funciona periódicamente, como un instrumento dinámico por donde estalla, en cantos, en gritos, en ololygmoi, el sedimento o carga emocional precipitados por los episodios de la tragedia. Por eso es fuerza que el coro esté presente a todos los acontecimientos y que penetre los secretos del héroe: para así conocer el drama íntimamente, para vivir de su contacto y, de cuando en cuando, desahogar —con lírico desahogo y donde precisamente lo requiere el ánimo de un espectador ideal— esa emoción, ese pathos acumulado por las acciones dramáticas; esa piedad, ese terror. El coro es, pues, el instrumento de la kátharsis aristotélica: la purificación de las pasiones por la danza y el grito, por la ejercitación y la mimesis artísticas. El coro es un agente oportuno, rítmico, lírico, que permite aliviar la plétora de los sentimientos.
Aparece, pues, la tragedia antigua, como una completa representación del alma en su dinamismo pasional: en medio del torbellino de la vida, solemos alzar la cabeza, valorar victorias y derrotas, y prorrumpir en exclamaciones y lamentos, en ololygmoi —desahogos líricos, llantos y cantos— como el coro mismo; y de esos gritos se mantiene la vida. Privarse de esa válvula hubiera sido quitar a la obra su respiración, untarla en el papel sin prestarle virtudes vivas. El coro es el dios que lo ve todo, eres tú, soy yo, y es —más que nada— la conciencia misma del drama, enfrentada con su propio espectáculo. Así se procura engendrar un animal perfecto. Y ¡qué deleite si lográramos verlo andar por sí, escapar a nuestro pensamiento, llevarnos en rastra, a pesar nuestro, a donde el poema solo tiene su natural recinto!
Faltaba saber si, a nuestro capricho, el coro había de ser fiel, traidor o indiferente. Bien mirado, un coro traidor deja de ser coro para convertirse en actor, siquiera colectivo. De ser actor, sería interesado: no nos convenía que la opinión pública fuera parcial. Ese desahogadero de la acción dramática, ese pueblo perfecto, debería conservarse puro, para ser capaz de toda la razón. En cuanto a un coro indiferente, no pasaría de ser un adorno externo, una retórica ociosa en redor de los acontecimientos. Hacía falta un coro fiel —y pasivo—. Contempla con dolor el desastre e, incapaz de evitarlo, el coro se desahoga por la boca. Le hemos tronchado pies y manos, de modo que ni obre ni huya. Y está condenado al sacrificio parlante.
—Como el poeta.
IV
Ifigenia
Conocida es la historia: transmitióse la maldición de Tántalo por toda la familia. Tántalo contagia a Pélope, y éste a Tiestes y a Atreo, sus hijos. Agamemnón y Menelao, los hijos de Atreo, nacen malditos, y la Helena de Menelao se encarga de propagar el mal a toda la raza de los hombres, mientras que la Clitemnestra de Agamemnón, adúltera y “sponsuricida” muere apuñalada por su hijo Orestes. Según la sencilla interpretación clásica, a Orestes toca redimir la maldición. Persíguenlo las Erinies o Furias de la madre, y por sus padecimientos y ruda justicia, lo absuelve un consejo de ancianos que tiene poder sobre las cosas del cielo. Es decir, que el pecado se redime por la expiación. Y esto pudiera parecer admisible a un cristiano; pero sólo desde un punto de vista individual. La expiación de Orestes puede ser que redima a Orestes; pero ¿por qué a toda la raza? A los hombres no nos redimió la expiación de Adán —dice el cristiano—. Los antecesores de Orestes sufrieron también por sus crímenes, y no anularon la maldición. En cuanto al consejo de ancianos, es una mera ficción plástica.
A Ifigenia, hija de Agamemnón y de Clitemnestra, hermana de Orestes y de Electra (y de Crisótemis, a quien nadie recuerda), he querido confiar la redención de la raza. Es más digna ella que aquel colérico armado de cuchillo. Además de que me inclino a creer que lo femenino eterno —molde de descendencias— es más apto para este milagro cosmogónico de las depuraciones que no el elemento masculino. Concibo a Ifigenia como una criatura combatiente, en la tradición de Atalanta y otras vírgenes varoniles.
Sigamos con la historia: en Áulide, las naves de Agamemnón que se dirigen a Troya han sido azotadas por el viento, o acaso no logran vientos propicios. Los dioses, para aplacar su cólera, han pedido el sacrificio de Ifigenia. En vano interviene Odiseo con sus piadosos engaños (la virgen helénica no entenderá nunca esta piedad) e Ifigenia será ataviada para unas fingidas nupcias. En vano. Eurípides nos la presenta, espantada y terrible, lanzando aquellas palabras de dudoso helenismo: “Vale más vivir miserablemente que morir con gloria.” Cuando Ifigenia, en fin, se inclina bajo el cuchillo de Calcas, la diosa Artemisa (satisfecha con la intención como en el Sacrificio de Abraham) la hace desaparecer, la arrebata y la transporta a la tierra de Táuride, donde la consagra para su sacerdocio. Aquel pueblo brutal adora a Artemisa, y sacrifica en su templo a los extranjeros. Un día, los tauros encuentran, al pie de la Diosa, a la nueva sacerdotisa, que canta las excelencias del sacrificio humano como pudo hacerlo algún oficiante de los sagrarios aztecas.
Y ésta, en Eurípides, en el teatro francés, en el alemán y el italiano, en todos los imitadores de la Ifigenia en Táuride, recuerda su vida anterior y se lamenta de tener que preparar sacrificios humanos, interrogándose sin cesar sobre la suerte de su familia y de su patria. Al fin llega Orestes, acompañado de Pílades, el providencial. Viene afligido por la locura del matricidio y, en estado de enajenación, combate a los ganados, como Áyax y como Don Quijote. Los dioses le han pedido el rapto de la Artemisa que se adora en Táuride, prueba final de sus expiaciones. Se opera la agnición o anagnórisis, el reconocimiento de los hermanos, en unos diálogos que no olvida quien los ha leído una vez. Y Orestes y Pílades huyen, llevando consigo a Ifigenia y a la Artemisa, la cual es libertada así al culto de sus adoradores bárbaros. La maldición de Táuride ha sido redimida.
No admite ya nuestra inteligencia estos medios de salvación. Creemos que una maldición no se redime sino con el choque de otra fatalidad. Cargamos a Ifigenia de un dios tan rudo y tan altivo, que en ella rematará el daño de la raza, como una flecha que rebota contra un escudo.
Y ante todo, queremos que Ifigenia, sacerdotisa de Táuride, viva como en sueños, sin el recuerdo de su vida anterior, el cual una divinidad sabia, armónica, habrá cuidado de arrebatarle al envolverla en el vaho sagrado que la ocultó. Que sea Orestes quien venga, como la fulminación del rayo, a encender en ella la memoria de su vida anterior, irritando —con la alegría de la conciencia cobrada— el horror de saberse hija de una casta criminal. Que Orestes robe en buena hora la estatua de la diosa (este rasgo nos resultó inútil), pero que no logre convencer a Ifigenia. Ella, superior a la vendetta de Micenas, aprovecha la hora en que los destinos vacilan y, escogiendo la emancipación, se niega a volver a la patria. Ha anulado la maldición. Vive en sus entrañas el germen de una raza ya superada.
En un principio, se nos ocurrió solamente la idea de la pérdida de la memoria: la verdadera tragedia de Ifigenia no nos parecía compatible con el recuerdo de su vida anterior. Había que guardarla en el misterio de su desaparición y su reaparición, como a una estrella disimulada tras una nube, y hacer que Orestes, provocando en ella el conocimiento del pasado, vertiera en su alma todo el horror de la certeza.
Poco a poco, la antigua fábula se fue desvistiendo a nuestros ojos de sus atavíos inútiles, y se redujo a un poema sin arqueología, donde pierde todo su valor la historia del rapto de la imagen. Y nos sedujo la idea de tratar el asunto con cierta escasez verbal y en un solo estilo de metáforas. Una obsesión por determinadas palabras muy concretas podía hacer de brújula estética: mano, brazo, pie, fuerza, oro, piedra, sangre, leche; vocabulario de entrañas, verbos de estallido y agitación, adjetivos de dureza; reiteración de ciertos términos que un oído habituado percibirá fácilmente… y aun algunos provincialismos felices.
Era menester escoger una dirección muy precisa para, con la preparación —o mejor, la impreparación— actual, abordar un tema de esta especie. Y menos mal en los trozos líricos; pero ¿y las narraciones inevitables? Un alto testigo del pensamiento poético contemporáneo, Paul Valéry, confiesa, comentando el Adonis: “Cierto es que, en los versos, todo lo que es necesario decir, casi es imposible decirlo bien.” Así andamos ahora. Opté por estrangular, dentro de mí propio, al discípulo del Modernismo. Suprimí todo lo cantarino y lo melodioso; resequé mis frases, y despulí la piedra. Nadie podrá decir que engaño.
¿Qué final dar al episodio? ¿Ifigenia había de huír de Táuride, como en mis grandes modelos? No lo sabíamos aún hace unos cuantos años. Un súbito vuelco de la vida vino a descubrirme la verdadera misión redentora de la nueva Ifigenia, haciendo que su simbolismo creciera solo, como una flor que me hubiera brotado adentro.
En este retiro plácido del verano —al que agradecemos tantas horas de contemplación junto al mar, y el consejo de sus colinas— entrecerramos los ojos, para dejar nacer, en redor de la sacerdotisa, a sus compañeros necesarios. Poco después, el otoño de Madrid, consejero inquieto, tuvo, sin embargo, piedad de nuestras cuartillas comenzadas.