martiriología
Se me antoja morir de ciego.
¡No sé!, pero la vejez no me alcanza la atención.
Prefiero tomar dos o tres rasguños de tus manos
y servirme solo.
O hervir medio kilo de tus nervios,
en una pequeña olla, con una flama casi de rodillas
para ir llorando milimétricamente tu violencia.
Tengo ganas de ausentar los ojos.
¡Qué más da! Los ojos nacen a diario como los perros o los gatos,
como tu boca de indocumentados decibelios
o como tu mano que pesa sin censura.
Se me antoja clausurar toda luz todo golpe toda risa
y ponerme a sembrar mejillas
para que tus golpes tengan donde dormir.