País Poema - Autores

william wordsworth

oda al deber

¡Severidad, hija de la voz de Dios!
¡Oh, deber! Sí, tú amas este nombre
que es una luz para orientar, una vara
para corregir lo errático, y reprender;
tú, que eres la ley y la victoria
cuando los terrores vacíos sobrecogen;
nos liberas de las tentaciones vanas;
y calmas la contienda fatigosa de la quebradiza humanidad.
Hay quienes no preguntan si tu ojo
les vigila; quienes, por amor y verdad,
sin recelos, confían
en la genial sensación de la juventud:
¡alegres corazones! Sin reprochar o emborronar
a aquellos para quienes actúas, y no lo saben:
¡oh!, si por culpa de confianzas desviadas fracasan,
tus brazos salvadores, ¡pavoroso poder!, los recogen.
Serenos serán nuestros días, y brillantes,
y feliz nuestra naturaleza,
cuando el amor sea una luz infalible,
y la alegría su propia seguridad.
Incluso ahora, puede seguir un curso dichoso,
quien, sin imprudentes audacias,
viva en el espíritu de este credo;
así buscarán tu firme apoyo, según sus necesidades.
Yo, amante de la voluntad, y bisoño;
sin complacerme en cada arrebato fortuito,
pese a ser el guía de mí mismo,
ciegamente había descansado de mi responsabilidad:
y, a menudo, cuando oía en mi corazón
tu tímido mandato, yo difería
la tarea, hacia rutas más dulces por las que perderse;
pero ahora te serviré más estrictamente, si soy capaz.
Sin atravesar ninguna perturbación del alma
y sin profundos remordimientos grabados en mí
suplico por tu dominio;
en la quietud del pensamiento:
me fatiga esta libertad inexplorada;
siento el peso de mis deseos cambiantes:
mis esperanzas ya no deben alterar más su nombre,
anhelo un reposo que siempre sea idéntico.
¡Severo legislador! Todavía acarreas
la gracia más benigna de la divinidad;
nosotros no conocemos nada tan bello
como la sonrisa en tu rostro:
ante tu presencia las flores sonríen en sus lechos
y llenan de fragancia tus pisadas;
preservas a las estrellas del errar;
y los cielos más antiguos, a través tuyo, permanecen frescos y fuertes.
Para funciones humildes, terrible poder,
yo te convoco: me encomiendo a
tu orientación desde ahora mismo;
¡oh, permite que mi debilidad se agote!,
dame, a mí, dotado de tan poca sabiduría
el espíritu del sacrificio personal;
dame la confianza en la razón;
y en la luz de la verdad déjame vivir como tu siervo.