oda al deber
¡Severidad, hija de la voz de Dios!
¡Oh, deber! Sí, tú amas este nombre
que es una luz para orientar, una vara
para corregir lo errático, y reprender;
tú, que eres la ley y la victoria
cuando los terrores vacíos sobrecogen;
nos liberas de las tentaciones vanas;
y calmas la contienda fatigosa de la quebradiza humanidad.
Hay quienes no preguntan si tu ojo
les vigila; quienes, por amor y verdad,
sin recelos, confían
en la genial sensación de la juventud:
¡alegres corazones! Sin reprochar o emborronar
a aquellos para quienes actúas, y no lo saben:
¡oh!, si por culpa de confianzas desviadas fracasan,
tus brazos salvadores, ¡pavoroso poder!, los recogen.
Serenos serán nuestros días, y brillantes,
y feliz nuestra naturaleza,
cuando el amor sea una luz infalible,
y la alegría su propia seguridad.
Incluso ahora, puede seguir un curso dichoso,
quien, sin imprudentes audacias,
viva en el espíritu de este credo;
así buscarán tu firme apoyo, según sus necesidades.
Yo, amante de la voluntad, y bisoño;
sin complacerme en cada arrebato fortuito,
pese a ser el guía de mí mismo,
ciegamente había descansado de mi responsabilidad:
y, a menudo, cuando oía en mi corazón
tu tímido mandato, yo difería
la tarea, hacia rutas más dulces por las que perderse;
pero ahora te serviré más estrictamente, si soy capaz.
Sin atravesar ninguna perturbación del alma
y sin profundos remordimientos grabados en mí
suplico por tu dominio;
en la quietud del pensamiento:
me fatiga esta libertad inexplorada;
siento el peso de mis deseos cambiantes:
mis esperanzas ya no deben alterar más su nombre,
anhelo un reposo que siempre sea idéntico.
¡Severo legislador! Todavía acarreas
la gracia más benigna de la divinidad;
nosotros no conocemos nada tan bello
como la sonrisa en tu rostro:
ante tu presencia las flores sonríen en sus lechos
y llenan de fragancia tus pisadas;
preservas a las estrellas del errar;
y los cielos más antiguos, a través tuyo, permanecen frescos y fuertes.
Para funciones humildes, terrible poder,
yo te convoco: me encomiendo a
tu orientación desde ahora mismo;
¡oh, permite que mi debilidad se agote!,
dame, a mí, dotado de tan poca sabiduría
el espíritu del sacrificio personal;
dame la confianza en la razón;
y en la luz de la verdad déjame vivir como tu siervo.