laodamia
«Con sacrificio, antes de que nazca la mañana,
he hecho promesas inspiradas por una infructuosa
esperanza, y a los dioses infernales, entre las pavorosas sombras
de la noche, he solicitado a mi señor sacrificado:
compasión celestial, una vez más imploro
que me sea devuelto a mi mirada, gran Júpiter, ¡devuélvelo!»
Hablando así, y dotada de un ferviente amor
cargado de fe, la suplicante eleva sus manos hacia el cielo;
mientras, como el sol que emerge de una nube,
su rostro se ilumina, y se expanden sus ojos;
el pecho se le ensancha al exhalar, su estatura crece;
y ella espera la resolución en calma.
¡Oh, terror! ¿Qué ha percibido? ¡Oh, alegría!
¿Qué es lo que ve? ¿A quién ha descubierto?
¿A su héroe muerto sobre la playa de Troya?
¿Su aliento vital? ¿Su molde corpóreo?
¡Eso —si los sentidos no la engañan— es él!
Y un Dios lo conduce, ¡alado Mercurio!
Hermes habló con suavidad, y la tocó con su vara,
que calma todo miedo: «¡Cuánta gracia ha coronado tu súplica,
Laodamia! por orden de Júpiter
tu marido recorre los caminos del aire superior:
viene para quedarse contigo por espacio de tres horas;
acepta el regalo, ¡mírale a la cara!»
La apasionada Reina saltó hacia su señor para abrazarle;
intentó consumar ese gesto una vez más;
pero la forma insustancial elude su abrazo
tantas veces como ella intenta, impaciente, el contacto.
El fantasma se desvanece, pero vuelve para unirse
y reasumir su espacio ante la vista de ella.
«¡Protesilao, aquí! ¡Tu guía se ha ido!
Confírmame, te lo ruego, esta visión con tu voz:
este es nuestro palacio, aquel es tu trono;
habla, y el suelo sobre el que pisas se regocijará.
Los dioses no me han otorgado este precioso favor
ni han bendecido esta triste espera para aterrorizarme.»
«El gran Júpiter, Laodamia, no permite
imperfecciones en sus regalos: aunque soy un espectro,
no me han enviado para asustarte o engañarte;
sino como recompensa a tu fidelidad.
Y para algo más que conseguí con mis méritos;
pues la valentía de la virtud trae ganancias ilimitadas.
»Tú conoces el anuncio del Oráculo délfico:
el primer griego que tocase la playa troyana
debía morir; pero la amenaza no pudo retenerme:
las causas generosas exigen una víctima;
y arranqué en dirección a la llanura arenosa;
un jefe abnegado, asesinado por Héctor.»
«¡Supremo entre los héroes: los más bravos, los más nobles, los mejores!
Nunca más lloraré tu coraje incomparable,
aquel que, cuando decenas de miles fueron abatidos
por la duda, a ti te propulsó a la fatal orilla;
tú, mi más querido (y yo te perdono), aquí estás,
un consejero más noble que mi pobre corazón.
»Pero tú, al ser capaz de dar el paso más exigente,
fuiste tan benévolo como resuelto, y tan bueno como valiente;
y él, cuyo poder te ha restablecido, ha decretado
que deberías eludir la malicia de la tumba:
superfluos son allí tus cabellos, tus labios, tan bellos
como cuando su aliento enriquecía el aire de Tesalia.
»Ningún espectro me saluda, ninguna vana sombra;
¡Ven, héroe floreciente, ocupa tu lugar a mi lado!
¡Dame, en este diván familiar, un beso nupcial,
a mí, en este día, prometida por segunda vez!»
Júpiter frunció el ceño en el cielo: las atentas parcas
lanzaron un matiz estigio sobre aquellos labios rosados.
«Este rostro te cuenta que mi destino se ha cumplido:
no deberías lamentar el cambio, incluso si
las alegrías pudiesen volver tan deprisa
y tan seguras como se desvanecieron. La tierra destruye
debidamente estos arrebatos (Erebo los desdeña:
solo tolera placeres serenos), estos sufrimientos majestuosos.
»Aprende, mi fiel cónyuge, a controlar
la pasión rebelde: los dioses aprueban
la profundidad del alma, no su tumulto;
un ferviente, y no ingobernable, amor.
Modera tus éxtasis; y llora con mansedumbre
cuando yo parta, porque mi permiso será breve.»
«¿Ah, por qué? ¿No le arrancó Hércules por la fuerza
al monstruoso guardián de la tumba
el cadáver reanimado de Alcestis
para devolverlo a la tierra durante el solsticio vernal?
Los hechizos de Medea dispersaron el peso de los años,
y Aeson se mantuvo joven en medio de compañeros jóvenes.
»Los dioses son misericordiosos con nosotros, y
quizá más tarde cambien: porque más poderoso
que la fuerza de nervios y tendones o el vaivén
de potencia mágica ejercida sobre el sol y las estrellas
es el amor, aunque a menudo cause angustia,
y su asiento favorito sea el débil pecho femenino.
»Pero si tú te vas, yo te seguiré.» «¡Silencio!», dijo él.
Ella le miró y se calmó y se animó;
el cadavérico color de sus labios había huido;
en su porte, forma y semblante, apareció
una belleza elísea, una gracia melancólica,
traídas de un lugar meditabundo pero feliz.
Él habló de amor, del amor que los espíritus sienten
en mundos cuyo curso es ecuánime y puro;
sin miedos que vencer —sin rivalidades que conciliar—,
sin nostalgia por el pasado y donde el futuro está asegurado,
habló de las artes heroicas con el ánimo más grave,
revificado, y siguió, con la armonía más pulcra,
hablando de todo cuanto es hermoso: imágenes
de belleza feliz, vapores translúcidos,
un éter más amplio, un aire más divino,
y campos investidos de destellos púrpura;
climas que el sol, que propicia los días más brillantes
que la tierra conoce, es indigno de inspeccionar.
Allí va a entrar el alma que se haya ganado
ese privilegio por la virtud. «Enfermo», dijo él,
«el fin de la existencia del hombre discerní yo
aquel que de innobles juegos y jaranas
pudo apartarse, cuando partimos, vanos placeres,
mientras las lágrimas eran vuestro mejor pasatiempo, día y noche.
»Y mientras mis jóvenes compañeros ante mis ojos
(cada héroe sigue su peculiar declinación)
se preparaban para empresas gloriosas
con ejercicios marciales, o, sentados en la tienda,
jefes y reyes se reunían en consejo;
durante el tiempo que la flota permaneció amarrada en Aulis
»llegó el viento que esperábamos: entonces yo me giré
hacia el Oráculo, sobre el mar silencioso;
y, aunque no fuese digno de encabezar el camino, decidí
que, de aquel millar de embarcaciones, debía ser mía
la primera proa en tocar la playa;
mía la primera sangre que teñiría la arena troyana.
»¡Todavía más amargo, todavía tan amargo, fue el remordimiento
cuando pensé en tu pérdida, amada esposa!
Sobre tu cariño excesivo se quedó suspendida mi memoria,
y en la alegría que compartimos durante la vida mortal,
los senderos que habíamos pisado, estas fuentes, flores,
mis ciudades recién planeadas, y torres inconclusas.
»Pero la incertidumbre debería permitir llorar al enemigo,
“¡Mira cómo tiemblan! ¿Ninguno de su arrogante formación,
a pesar de su número, se arriesga a morir?”.
En el ánimo me deshice de la indignidad:
viejas debilidades regresaron entonces: pero elevados pensamientos
me consagraron a la acción, se forjó mi entrega.
»Y aunque tú seas fuerte en el amor, eres demasiado
débil en la razón, demasiado lenta en tu autonomía;
te aconsejo fortaleza para perseguir
nuestra bendita reunión más allá de las sombras.
El mundo invisible ha simpatizado contigo,
que sean elevados y solemnes tus pensamientos.
»Aprende, con un anhelo mortal, a ascender
en busca de un objeto más elevado. El amor
se dio, se alentó, se sancionó, principalmente para ese fin;
si la pasión se conduce al exceso
el yo podría anularse: sus esclavitud pone a prueba
los grilletes de un sueño, opuesto al amor».
¡Ella gritó con fuerza cuando Hermes reapareció!
Se aferró a la querida sombra en vano:
las horas habían pasado, varios años hubiesen sido demasiado breves;
y ningún esfuerzo mortal podía detenerlo:
ligero, hacia los reinos que no conocen el día terrestre,
cruzó el portal y tomó su silencioso sendero,
y sobre el suelo del palacio ella dejó caer un cadáver sin vida.
Así, en vano exhortada y reprobada
ella pereció, y, como por un crimen caprichoso,
fue condenada, por los justos dioses, a quienes ni un
atisbo de piedad pudo conmover, a consumir el tiempo asignado,
separada de los espíritus felices, que recogen flores
de dichoso sosiego, entre enramadas inmarcesibles.
Con lágrimas se paga el sufrimiento humano;
y las esperanzas mortales vencidas y derrocadas
las lamenta el hombre y no solo el hombre,
como cree en su interior. Sobre la orilla
del Helesponto (esa fe era celebrada)
un grupo de árboles resinosos creció durante años
de la tumba del hombre por quien ella murió;
y cuando alcanzaron la altura suficiente
para poder ver las murallas de Ilión,
las ramas más altas de los árboles se marchitaron con la visión;
¡una alternancia constante de crecimiento y sequedad!