País Poema - Autores

william wordsworth

el viejo mendigo de cumberland

Vi a un viejo mendigo durante mi paseo;
y estaba sentado, al margen del camino,
sobre una estructura baja de construcción humilde
edificada al pie de una enorme colina, donde los jinetes
que descendían por el escarpado y áspero camino
podían repostar con facilidad. El viejo
había colocado su bastón sobre una piedra amplia y suave
que cubre el montón; y, de una bolsa
emblanquecida de harina, limosna de las damas aldeanas,
extraía pedazos y migajas, una por una;
y los escrutaba con una mirada fija y seria,
de cálculo ocioso. Al sol,
sobre el segundo escalón de aquella pequeña pila,
rodeado por salvajes colinas despobladas,
se sentó, y comió de su alimento en soledad:
y, a menudo, dispersadas por su mano
temblorosa, que, pese a intentar evitar el desperdicio,
estaba paralizada, las migas caían en diminutas lluvias
sobre el suelo, y los pajaritos de la montaña
no se aventuraban todavía a picotear la comida que les estaba destinada
y se acercaban a una distancia como la mitad de su bastón.
Yo le conozco desde mi niñez, ya entonces
era así de viejo, no parece haber envejecido más;
y sigue viajando, un hombre solitario,
de apariencia desvalida, a quien
el jinete al pasear no le arroja con mano
floja o descuidada su limosna sobre el suelo,
sino que se detiene, para depositar con cuidado la moneda
dentro del sombrero del viejo; no le abandona,
hasta que no da rienda a su caballo, y todavía entonces
observa al viejo mendigo con una mirada
oblicua, y medio vuelta. Ella, la que atiende
el peaje, cuando, afuera, en verano hila
con la rueca, si ve por el camino
llegar al viejo mendigo, deja la labor
y levanta la aldaba para que pueda pasar.
El muchacho del correo, cuando sus rápidas ruedas
adelantan al viejo mendigo en la vereda boscosa,
le avisa desde atrás; y si, aunque prevenido,
el viejo no cambia su curso, el chico
gira con menos estruendo las ruedas hacia el borde del camino,
y le sobrepasa despacio, sin una mala palabra
en los labios, ni enfado en su corazón.
Sigue viajando, hombre solitario;
a su edad no tiene compañía, en dirección al suelo
están vueltos sus ojos, y, a medida que avanza,
ellos avanzan sobre el suelo; y, en todo momento
en lugar del habitual paisaje común
de campos y trabajo agrario, de colinas y valles,
y de cielo azul, a una pequeña extensión de tierra
se reduce toda su perspectiva. Así, día a día,
arqueado, con los ojos atrapados por el suelo,
él se aplica a su fatigosa ruta; ve todavía,
y rara vez sabe qué es lo que ve: algo de paja,
hojas dispersas, o marcas que, en una rodada, las uñas
de una carreta o las ruedas de un carruaje han dejado
impresas sobre la carretera blanca, en la misma línea
todas las distancias parecen la misma. ¡Pobre viajero!
Su bastón se arrastra con él; su pie apenas
altera el polvo veraniego; su aspecto y sus movimientos
son tan lentos que los perros de la casa de campo,
antes de que haya pasado ante la puerta, se alejarán,
sin ánimo de ladrarle. Chicos y chicas,
los desocupados y los atareados, criadas y caballeros,
y pilluelos recién salidos del cascarón, todos le adelantan:
incluso el paso lento del carretón le deja atrás.
Pero no juzgues a este hombre un inútil. ¡Hombres de Estado!,
vosotros que estáis tan inquietos entre vuestra sabiduría,
vosotros que tenéis un escoba preparada en las manos
para librar al mundo de estorbos; soberbios,
corazones-engrandecidos, ¡mientras contempláis orgullosos
vuestro talento, poder o sabiduría, no le consideréis
una carga para la tierra! Es ley de la naturaleza que ninguna, ni la menor de las cosas creadas,
ni las más vil y bruta de las formas creadas,
ni la más aburrida o la más nociva, debería existir
divorciada del bien, de un espíritu y de un pulso de bien,
una vida y un alma, vinculadas inseparablemente
para cada forma de vida. Quede así asegurado
que hasta la última de todas las criaturas pueda poseer
ese sublime ojo que mira al cielo y al frente
con el que cada hombre nace, para hundirse, si le deprime,
tan bajo, como para ser despreciado sin haber pecado
sin ofender a Dios, arrojado lejos de su vista, a sus espaldas,
como el seco residuo de un jardín de flores
cuyas semillas son derramadas, o como una herramienta
gastada y que ha perdido su valor. Mientras, de puerta en puerta,
el viejo se arrastra, los aldeanos descubren
en él una historia que los une,
andanzas pasadas y oficios de caridad,
que de otro modo quedarían olvidados una vez más, y así mantiene vivo
el ánimo bondadoso en los corazones durante un lapso de años,
y esa media experiencia, esa media sabiduría que les da,
sosiega sus sentimientos, y les aleja con pasos seguros
del egoísmo y de los fríos cuidados inconscientes.
Entre las granjas y las cabañas solitarias,
los villorrios y los pueblos dispersos,
donde el viejo mendigo hace sus rondas,
la apacible necesidad de la costumbre obliga
a los actos de amor; y el hábito hace el trabajo
de la razón; y después de la jarana prepara eso
que la razón aprecia. Y así, el alma,
por la dulce cata de este placer inesperado,
acaso se encuentra intensamente dispuesta
hacia la virtud y la bondad auténtica.
Hay algunos,
exaltados por sus buenas acciones, mentes elevadas
y meditativas, autores de placeres
y felicidad, que hasta que se les acabe el tiempo
vivirán, se esparcirán y alumbrarán: estas mentes
durante la infancia, de este solitario ser,
o de un vagabundo parecido, acaso recibieron por sorpresa
(una cosa mucho más preciosa que todos los libros
¡o lo que pueden procurar las solicitudes de amor!)
ese primer suave contacto de simpatía y pensamiento,
en el que encontraron a los suyos y un mundo
donde había deseo y lamento. El hombre sencillo
que se sienta en su propia puerta, como el peral
cuya cabeza sobresale sobre el verde muro,
alimentado por la luz del sol; el robusto y el joven,
el próspero y el irreflexivo, aquellos que viven
protegidos, y prosperan en un pequeño semillero
de la propia familia; todos ven en él
a un vigilante silencioso en cuyas mentes
ha de imprimir un pensamiento transitorio
de complacencia, que alcanza el corazón
de cada uno, recordándoles sus propias bendiciones,
sus privilegios y exenciones; y, tal vez,
aunque él no le entregue a nadie la fortaleza
y la circunspección necesarias para preservar
sus actuales beneficios, y aprender a economizar
para el resto de la estación, por lo menos
no se trata de un servicio vulgar, y a ellos así se lo hacen sentir.
Es más. Muchos hay, creo,
que viven una vida decente y virtuosa,
hombres que pueden escuchar el decálogo y no
hacerse ningún reproche; que de la ley moral
establecida en la tierra donde ellos habitan
son observadores estrictos; y no son negligentes
en el amor hacia aquellos entre los que moran,
sus parientes, y los hijos de su sangre.
¡Vaya un elogio para ellos y sus pacíficos sueños!
Pero pregunta al pobre, al abyecto pobre,
ve y pregúntale, si hay algo
en esta fría abstinencia de acciones malintencionadas
y entre estos inevitables actos de caridad
con que satisfacer el alma humana.
No, el hombre es querido por el hombre; el pobre más pobre
suspira a veces por disponer de un momento de respiro
en su vida fatigosa, donde saber y sentir que ellos
han sido los padres y dispensadores
de pequeñas bendiciones, que han sido amables
porque necesitaban amabilidad, por la sencilla razón de
que todos contamos con un corazón humano.
Esa clase de placer es el propio de un ser amable que conozco,
mi vecina, cuando con preocupación puntual, cada semana,
justo cuando llega el viernes, aunque
apurada por sus propia escasez, ella, de su provisión de alimento,
coge un generoso puñado para la bolsa
de este viejo mendicante, y, de su puerta
regresa con el corazón regocijado,
se sienta junto al fuego, y fortalece su esperanza en el cielo.
¡Déjalo pasar, bendito sea!
Y mientras en esa vasta soledad a la que
la corriente de cosas le ha llevado, él emerge
para respirar y vivir solo por sí mismo,
sin culpa, sin ofensa, déjalo difundir
el bien que la benigna ley del cielo
ha suspendido a su alrededor: y, mientras esté vivo,
déjalo inspirar a los analfabetos aldeanos
actos de ternura y pensamientos profundos.
¡Déjalo pasar, bendito sea!
y, mientras pueda vagar, déjalo que respire
la frescura de los valles, deja que su sangre
forcejee con el aire helado y las nieves invernales;
y deja que el viento privilegiado que barre los brezales
agite sus cabellos grises contra su mustio rostro.
Venera la esperanza cuya ansiedad vital
le da último interés humano a su corazón.
¡Que nunca una casa, sobrenombre de la industria,
le convierta en un cautivo! ¡Este estruendo reprimido,
estos sonidos que consumen la vida y obstruyen el aire,
serán para él el silencio natural de la vejez!
Déjale ser libre en las soledades montañosas;
y estar rodeado, la oiga o no,
de la apacible melodía de los pájaros del bosque.
Sus placeres son escasos: si ahora han condenado
a sus ojos a dirigirse hacia la tierra,
ojos que no sin esfuerzo contemplan
el semblante del sol en el horizonte,
al nacer o al ponerse, deja que la luz encuentre
al menos una entrada libre hacia sus lánguidas órbitas.
Y déjalo, «donde» y «cuando» él quiera, sentarse
bajo los árboles, o sobre una loma herbosa
al lado de un camino, y que con los pajaritos
comparta el alimento reunido al azar, y, por último,
así como ha vivido en el ojo de la naturaleza,
¡déjalo morir en el ojo de la naturaleza!