País Poema - Autores

william wordsworth

el castillo de peele

¡Yo fui vecino tuyo una vez, áspera mole!
Cuatro semanas de verano viví de tu contemplación,
observándote a diario; y durante todo ese tiempo
tu forma estuvo durmiendo sobre un mar cristalino.
¡Tan puro el cielo, tan tranquilo estaba el aire!
¡Así, exactamente así, era día tras día!
Mirase cuando mirase, tu imagen todavía estaba allí,
temblaba, sin llegar nunca a desaparecer.
¡Qué perfecta era la calma! El sueño parecía no existir;
ni las disposiciones del ánimo que las estaciones se llevan, o traen:
podía haber imaginado que el poderoso abismo
era la más amable de todas las cosas amables.
¡Ah! Si entonces hubiese sido mía la mano del pintor,
para expresar lo que veía, y añadir el destello,
la luz que nunca estuvo, sobre el mar o la tierra,
la consagración, y el sueño del poeta;
¡te hubiese plantado, a ti, mole ancestral,
en medio de un mundo tan distinto a este!
Junto a un mar que no pudiese dejar de sonreír;
en una tierra tranquila, bajo un cielo de felicidad.
Te parecerías a una divina casa del tesoro
durante años de paz; una crónica del cielo;
de todos los rayos de sol que han brillado
se te ofrecería el más dulce.
Hubiese sido una imagen de tranquilidad duradera
sosiego elíseo, sin fatiga ni lucha;
sin otra agitación que la marea movediza, una brisa,
el sencillo silencio de la respiración viviente de la naturaleza.
Así sería la ilusión afectuosa de mi ánimo,
así sería el dibujo que hubiese trazado en aquel tiempo:
y habría visto el alma de la verdad en cada parte,
una paz inamovible que no debe ser traicionada.
Si alguna vez existió, ya no existe;
me he sometido a un nuevo dominio:
un poder se ha ido, nada puede restaurarlo;
una aflicción profunda ha humanizado mi alma.
Ni por un instante puedo descubrir ahora
un mar sonriente, ni volver a ser lo que fui:
el sentimiento de mi pérdida nunca se desgastará;
esto, que bien lo sé, lo digo con mente serena.
¡Entonces, Beaumont, amigo! Pues él hubiera sido amigo,
en caso de haber vivido, él, a quien lloro
esta obra suya no condeno, sino elogio
este mar encolerizado, y esta lúgubre costa.
¡Oh, se trata de una obra apasionada! Todavía juiciosa y buena,
está bien escogido el espíritu que aquí preside
este bajel que faena en el oleaje mortal,
¡este ominoso cielo, este espectáculo de aprensión!
Y este enorme castillo, permanece aquí sublime,
adoro ver su aspecto desafiante,
contenido en la insensible armadura de los viejos tiempos,
el relámpago, el viento feroz, y las violentas olas.
Adiós, adiós al corazón que vive solitario,
alojado en un sueño, ¡lejos de la humanidad!
Esa felicidad, dondequiera que se la conozca,
debe ser compadecida, por su infalible ceguera.
Pero bienvenidas sean la fortaleza y el aliento paciente,
¡y las frecuentes visiones de cuanto está por nacer!
Visiones semejantes, o peores, están aquí, delante de mí.
No sin esperanza sufrimos y nos afligimos.