oda al miedo
Oh, miedo, te conozco por mi corazón palpitante,
tu poder deslumbrante inspiró cada línea lúgubre;
y aunque la piedad apacible reclame su parte,
tuyos son todos los truenos de la escena.
Tú, que tan largos y cansados rumbos has pasado,
¿dónde descansarás, ninfa loca, al final?
¿Dónde está la celda embrujada donde se marchitará tu sudario?
¿Dónde moran la violación y el asesinato?
O quizás en algún trono hueco
contra el cual rompen las grandes olas,
¡oíd los gritos de los marinos ahogándose en las tempestades!
El poder oscuro, con tembloroso pensamiento sometido,
será mío para leer las visiones de antaño,
que tus bardos que despiertan han cantado:
y para que no te encuentres con mi visión abatida,
aferra cada historia extraña verdaderamente devota,
nunca por tí me encontré sobrecogido,
en esa víspera tres veces sagrada en el extranjero,
cuando los fantasmas, como creen las comadronas,
salen de sus camas de guijarros,
y los duendes acechan desde el fuego o en los pantanos,
en la inundación o en los páramos,
en los pasos de los hombres.
¡Oh, tú, cuyo espíritu posee
un asiento sagrado en el pecho de Shakespeare!
Por todos los secretos que el profeta reveló,
por todas las divinas emociones que pronunció:
Aquí, de nuevo, desata tu furioso pacto,
enséñame, otra vez, a sentir como él:
su ciprés atesorará mi grata promesa,
y yo, miedo, contigo viviré.