Llama al que hace los grandes cigarros,
a ese musculoso, y dile que bata
cremas concupiscentes en tazones de cocina.
Que las muchachas se recreen con las ropas
que acostumbran usar, y que los chicos
traigan flores en diarios del mes pasado.
Que ser sea final de parecer.
El único emperador es el emperador de los helados.
Toma del aparador de pino,
al que le faltan las tres perillas de vidrio, esa sábana
en la que ella una vez bordó palomas,
y extiéndela de modo que su rostro quede cubierto.
Si sus pies callosos sobresalen, lo hacen
oara mostrar cuán fría está, y callada,
que la lámpara proyecte su rayo.
El único emperador es el emperador de los helados.