el strigoi
Cerca del borde del acantilado,
recortado contra el cielo,
¿ves una cruz en ruinas,
desgastada, cubierta de musgo,
lúgubre, desolada, abandonada,
sacudida por innumerables tempestades?
Ni una hebra de pasto crece ahí,
ni un campesino ronda por el lugar.
Aún la sombría ave nocturna
la evita al elevarse,
temiendo el fúnebre gruñido
que proviene del interior.
Alrededor, en noches sin estrellas,
destellan infinitas luces vívidas,
revelando a sus pies un espectro arrodillado,
mientras balbucea en terroríficos lamentos,
Maldiciendo a Dios y a todos los Santos.
Viajero nocturno, cuidado
con el espectro que ahí balbucea.
Cierra tus ojos, y apura tu corcel
a su máxima velocidad,
pues bajo esa cruz yace el obsceno cuerpo de un Strigoi.
Aunque la noche es negra y fría,
una historia de amor, siempre contada,
flota en murmullos por el aire.
El joven vigoroso y la dama majestuosa
sellan con sus labios dulces votos
de ardiente pasión.
Inquieta, pálida, vislumbro una silueta suspendida;
¿qué podrá ser? Es un potro, blanco como la nieve,
trotando lento, adelante y atrás,
como un vigía. Mientras gira,
orgulloso, pisotea el prado.
«¡No me dejes, amada, esta noche!
Quédate conmigo hasta la luz de la mañana!»
Llorando, la dama rogó:
«Amor, mi alma se encuentra triste y temerosa.
¡No desafíes el terrible poder del Strigoi,
más fuerte en esta hora mística!»
Ni una palabra pronunció, pero acercó
a la dama que lloraba contra su pecho.
Besó sus labios, mejillas y ojos,
sin poner atención a sus lágrimas y sollozos;
agitó su mano, con un gesto alegre
montó, sonrió y cabalgó lejos.
¿Quién monta por el páramo al atardecer,
furioso como algún espíritu de la tormenta,
nutrido por el seno de ébano de la noche?
Es él, quien la abandonó en su miseria;
su amante, en su caballo blanco como la leche.
El viento con toda su fuerza salvaje
se esfuerza por derribar al gallardo corcel,
que resopla desafiando a su enemigo
y pelea por avanzar. ¡Mira! ¡Abajo!
¡A lo largo de la orilla del río
tintinean mil luces brillantes!
Se acercan, se alejan,
perseguidas por el jadeante potro.
¡Se aproxima a la cruz en ruinas! Un estruendo,
un chillido lastimero, una fuerte zambullida,
y en la cama rocosa del río
jinete y caballo yacen sin vida.
De aquellas infames profundidades se levanta,
blasfemando gritos y alaridos estridentes,
resonando a través del tétrico aire.
Y, como una serpiente desde su guarida,
empuñando en alto una espada manchada de sangre,
el Strigoi se eleva de su sepulcro.