la casa embrujada
Lúgubre es la casa del dolor,
donde caen lágrimas mientras dobla la campana,
con todas las oscuras solemnidades que muestran
que la Muerte está en la morada.
Muy, nuy tétrica es la habitación
donde el Amor, el Amor doméstico, ya no anida,
sino que, herido por el golpe común del destino,
el cadáver yace sobre los caballetes.
Pero la casa de la aflicción, el coche fúnebre, la negra mortaja,
el estrecho hogar del mortal difunto,
nunca lucieron tan lúgubres como ese Salón Fantasmal,
con su portal desierto.
El ciempiés se arrastraba por el umbral,
la telaraña colgaba en una maraña laberíntica,
y en su sábana sinuosa el gusano dormía
en cada ángulo y rincón.
El ojo de la cerradura albergó a la tijereta y a sus crías,
las hormigas de los escalones tenían antigua posesión
y marcharon en busca de su alimento diurno
en tranquila procesión.
Tan imperturbable como la célula prensil
de una polilla o un gusano, o el tejido de una araña,
pues nunca un pie pisó ese umbral,
para entrar o salir.
Sobre todo se cernía la sombra de un miedo,
una sensación de misterio que intimidaba al espíritu
y decía, tan claro como un susurro en el oído:
el lugar está embrujado.
Sin embargo, la puerta que empujé (o eso soñé)
se abrió lenta, muy lentamente, con las bisagras chirriando
con oxidada elocuencia,
parecía que el propio Tiempo estaba hablando.
Pero el Tiempo enmudecía en aquella vieja mansión,
o dejaba su relato a los estandartes heráldicos
que colgaban de las paredes corroídas
y hablaban de hombres y costumbres de antaño.
Aquellas banderas destrozadas, con la puerta abierta,
parecían recordar la vieja ola de batalla,
mientras los fragmentos caídos bailaban sobre el suelo
como hojas muertas en diciembre.
Los asustados murciélagos volaron, pájaro tras pájaro,
el búho chillón comenzó a revolotear
y parecía burlarse del grito
que había oído de alguna víctima moribunda.
Un quejido resonó desde el techo de vigas,
y subió por las escaleras, más y más lejos,
hasta que en alguna lejana cámara resonante
cesó su historia de asesinato.
Mientras tanto, la armadura oxidada se sacudía,
el estandarte se estremecía y la banderola deshilachada;
todas cosas que el horrible tenor del sonido
reconocía con un temblor.
Las astas donde colgaban el casco y el cinturón
se movieron como la tempestad agita las ramas del bosque,
o como el ciervo tiembla cuando siente
al sabueso en sus ancas.
La ventana vibró en su marco desmoronado,
y a través de sus muchos resquicios de miseria
llegaban gemidos dolorosos y suspiros huecos,
como los de la disolución.
El gusano cayó y se hizo una bola,
tocado por algún impulso oculto o mecánico;
y escarabajos sin nombre corrieron
a lo largo de la pared en universal pánico.
La sutil araña que, desde arriba, se cernía
como una espía sobre la culpa y el error humano,
giró de pronto y por su fino hilo
corrió con ágil espanto.
Las propias manchas y grietas en la pared,
asumiendo solemnes y terribles rasgos,
insinuaban alguna tragedia en ese viejo salón
encerrada en jeroglíficos.
Alguna historia que, acaso, pudiera resolver la duda,
el por qué, entre aquellas banderas opacas y lívidas,
brillaba tan siniestramente vívida
la bandera de la mano ensangrentada.
Alguna clave para ese atractivo inescrutable
que sacudía el propio cuerpo de la Naturaleza,
y que cada nervio y fibra sintieran un temblor
parecido a un escalofrío.
Porque sobre todo colgaba una nube de miedo,
una sensación de misterio que intimidaba al espíritu
y decía, tan claro como un susurro en el oído:
¡el lugar está embrujado!
Indicios proféticos llenaban el alma de pavor,
pero apuntaban a una entrada sombría,
mientras una secreta inspiración decía:
«¡Esa cámara es fantasmal!»
Al otro lado de la puerta no se balanceaba
ninguna telaraña, ningún fleco polvoriento,
ninguna sedosa crisálida o capullo blanco
en sus rincones y bisagras.
La araña evitó la habitación prohibida, la polilla,
el escarabajo y la mosca fueron desterrados
y cuando el rayo de sol cayó a través de la penumbra,
incluso el mosquito desapareció.
Un solitario haz de luz se posaba sobre una cama,
como si apuntara con terrible precisión,
para mostrar la Mano Ensangrentada,
en rojo ardiente, bordada en la cortina.