el epitafio
Aquí descansa su cabeza en la falda de la tierra,
una juventud que no conoció la fama ni la fortuna.
La justa ciencia frunció el ceño sobre su nacimiento,
y la melancolía lo marco como su hijo.
Grande era su generosidad, sincera su alma;
por eso el cielo le envió una gran recompensa:
le dio a la Miseria todo lo que tenía, una lágrima,
obtuvo del cielo todo lo que deseaba, un amigo.
No quieras examinar ni revelar sus méritos,
o sacar sus fragilidades de su temible morada,
(donde juntos reposan con trémula esperanza)
allá en el seno de su Padre, de su Dios.