País Poema - Autores

seamus heaney

víctima

I
Solía beber por su cuenta
y alzar un pulgar curtido
hacia la balda más alta,
pidiendo otro ron más
y licor de grosellas sin
tener que alzar la voz,
o una cerveza negra
solo con levantar los ojos
y hacer discretamente
el gesto de destapar una botella;
a la hora de cerrar se adentraba
con sus botas de pescador y con su gorra
en la lluviosa oscuridad, alguien
que se ganaba el pan a base de subsidios
aunque el trabajo fuera lo suyo.
Me encantaba su forma de ser,
firme pero también taimado,
su disimulada y sobria discreción,
su buen ojo de pescador
y su espalda que todo lo veía.
Incomprensible
para él, mi otra vida.
A veces, en su taburete,
demasiado ocupado con su navaja
y su tableta de tabaco
y sin dirigirme la mirada,
en la pausa tras un trago
mencionaba la poesía.
Solíamos estar solos
y yo, siempre diplomático
y reacio a ser condescendiente,
me las arreglaba con alguna treta
para hablar en su lugar de las anguilas
o lo que sabía de caballos y carretas
o los Provisionales.
Pero las tentativas de mi arte
también las ve su espalda:
voló en pedazos mientras bebía
durante un toque de queda
que los demás obedecían, tres noches
después de que mataran a tiros
a trece hombres en Derry.
Paras trece, se leía en los muros,
bogside cero. Ese miércoles
todo el mundo contenía
el aliento y temblaba.
II
Fue un día de frío y de cortante
silencio, de sobrepellices
y sotanas al viento:
bajo la lluvia, cubiertos de flores
un féretro detrás de otro
parecía salir flotando de la puerta
de la abarrotada catedral
como flores en un agua lenta.
El funeral colectivo
desenrolló sus lienzos,
ciñendo y apretando
hasta que abrazados firmemente
parecíamos hermanos en un corro.
Pero a él no le retendría
en casa su propia gente
da igual qué amenazas dijeran por teléfono,
da igual qué banderas negras agitaran.
Lo veo volverse
en aquel lugar transgresor bombardeado,
arrepentimiento y terror unidos
en su rostro aún reconocible,
su acorralada mirada desafiante
y cegadora en el fogonazo.
Había hecho muchas millas
pues bebía como un pez
todas las noches, nadaba
por naturaleza hacia el cebo
de los cálidos locales iluminados,
la difusa red y los murmullos
a la deriva entre los vasos
en el humo gregario.
¿Qué culpa tenía
aquella última noche en que faltó
a la complicidad de nuestra tribu?
«Bueno, se supone que eres
un hombre culto»,
le oigo decir. «Explícame
la respuesta correcta a esa pregunta».
III
Me perdí su funeral,
aquellos callados caminantes
y conversadores laterales
que en cardumen ceden paso
al respetable
ronroneo del coche fúnebre…
Se mueven al mismo paso
que el habitual
consuelo lento
de un motor parsimonioso,
el sedal recogido, la mano
sobre el puño, la fría luz del sol
sobre el agua, la tierra
bajo un montón de niebla: aquella mañana
cuando me llevó en su barca,
la hélice murmurando, tiñendo
indolentes brazas de blanco,
saboreé la libertad a su lado.
Partir temprano, recoger
sin cesar las redes del fondo,
criticar la captura y sonreír
a medida que te encuentras con un ritmo
que te lleva, lentamente milla a milla,
hacia el lugar que te es propio
en algún lado, muy lejos, más allá…
Aparición que olisqueas el alba,
habitual de la lluvia a medianoche,
vuélvemelo a preguntar.