viaje nocturno
Los olores más cotidianos eran nuevos
al cruzar Francia nocturnamente en coche:
la lluvia y el heno y los bosques en el aire
formaban cálidas corrientes en el descapotable.
Las señales palidecían sin descanso.
Montreuil, Abbeville, Beauvais
eran prometidos, prometidos, llegaban y se iban,
cada lugar otorgaba el cumplimiento de su nombre.
Una tardía cosechadora que avanzaba rezongando
derramaba semillas al costado de los focos.
Un incendio se consumía en el bosque.
Los pequeños cafés cerraban uno a uno.
Pensaba en ti continuamente
a mil millas al sur en donde Italia
recuesta en la oscura esfera su lomo sobre Francia.
Tu cotidianidad allí se renovaba.