vacaciones trimestrales
Me pasé la mañana en la enfermería de la escuela
contando las campanas de las clases que tocaban a su fin.
A las dos nuestros vecinos me llevaron a casa.
En la veranda me encontré llorando a mi padre
—que siempre se tomaba con calma los funerales—
y a Big Jim Evans diciendo que era un golpe duro.
El bebé arrullaba y reía y sacudía el cochecito
cuando entré, y me dio vergüenza que los viejos
se levantaran a estrecharme la mano
y me dijeran que «sentían mucho mi pérdida».
Los susurros informaron a los extraños de que yo era el mayor,
interno en el colegio, mientras mi madre apretaba mi mano
en la suya y lanzaba furiosos suspiros sin lágrimas.
A las diez en punto la ambulancia llegó con el cadáver
que las enfermeras habían restañado y vendado.
La mañana siguiente subí al cuarto. Campanillas blancas
y velas aliviaban los lados de la cama; le vi
por primera vez en seis semanas. Más pálido ahora,
con una contusión amapola en la sien izquierda,
yacía en la caja de cuatro pies lo mismo que en su cuna.
Sin cicatrices: el parachoques le había golpeado limpiamente.
Una caja de cuatro pies, un pie por cada uno de los años.