una cabeza recostada
Matutinamente. La madreperla
de un verano prematuro. Carmines sajados
y lavados y lechosos azules.
Ser el primero en salir a la carretera,
madrugar con la niebla baja y los faisanes.
Ser ahora mayor y estar agradecido
de que esta vez también tú agradecieras
que hubieran empezado los dolores… dispuesta
y con las ideas claras, preparada de antemano
para el trauma, adentrándote en él
con pleno consentimiento.
(La primera vez, consternada y ataviada
con tu escueta bata blanca de algodón,
eras más una novia que una madraza
incorporada en la cama con estribos,
y ahora eres dueña de ti misma
hasta el punto de dar un paseo por el muelle
antes de realizar el ingreso).
Y luego más tarde me medio desmayé
cuando después de darle un cachete
me pasaron a la palpable niñita; como siempre
volví en mí ante dos ojos bien abiertos
que habían amanecido más tarde
que nunca, y habían visto más allá de la última
de todas aquellas mañanas de espera
cuando tu frente abombada era un largo silencio
y el coro del amanecer todo lo contrario.