un sofá en los cuarenta
Todos juntos en fila en el sofá, arrodillados
unos detrás de otros, del mayor al más joven,
los codos como pistones, pues esto era un tren
y entre el muro del hogar y la puerta del dormitorio
la velocidad y la distancia se salían de los cálculos.
Primero cambiábamos de vía, luego pitábamos, luego
alguien hacía de revisor y recogía los billetes
invisibles y muy seriamente los picaba
mientras un vagón tras otro debajo de nosotros
aceleraba, chuu-chuu, las patas del sofá
producían vértigo, y los que se quedaban fuera
lejos desde la cocina hacían gestos de despedida.
¿Tren fantasma? ¿Góndola fúnebre? Los extremos curvos,
labrados, el cuero sintético negro y su ornamentada adustez
hacían que el sofá pareciera haber adquirido
flotabilidad. Las ruedecitas como puestas de puntillas
y el tablero entorchado y armonioso le daban un aire
de decadente magnificencia:
cuando las visitas lo sufrían, con la espalda recta,
cuando se quedaba relegado a su propia lejanía,
cuando los insuficientes juguetes aparecían sobre él
las mañanas de Navidad, se presentaba como lo que era,
presumiblemente destinado al cielo, terrestre desde luego,
entre otras cosas que podrían cuadrar o defraudarte.
Entramos en la historia y la ignorancia
bajo el estante inalámbrico. Yupi-yupi-ei,
cantaban «Los jinetes de la sierra». Ahora las noticias,
decía el rotundo locutor. Entre él y nosotros
se extendía un gran abismo donde la pronunciación
reinaba tiránicamente. El cable de la antena
descendía desde la copa de un árbol a través de un agujero
taladrado en el marco de la ventana. Cuando había viento
la oscilación del lenguaje y sus alejamientos
se arrastraban y se mecían en nosotros como redes en el agua
o la abstracta, solitaria curva de unos trenes distantes
según entrábamos en la historia y la ignorancia.
Ocupábamos nuestros asientos con todas nuestras fuerzas,
preparados para la total incomodidad.
La constancia ya era en sí misma una recompensa.
Enfrente, sobre el gran brazo tapizado, alguien
estiraba el cuello hacia un lado, conductor o
bombero, limpiándose la frente seca con el gesto
de alguien que las ha pasado canutas. Éramos
lo último de lo que se preocupaba, parecía; sentíamos
que se acercaba un túnel por el que nos precipitaríamos
como vagones sin luz a través de un paisaje nocturno,
con la única tarea de permanecer sentados, la mirada al frente,
y dejarnos transportar y hacer el ruido de la locomotora.