un perro estuvo también aullando esta noche en wicklow
Cuando los seres humanos supieron de la muerte
enviaron el perro a Chukwu con un mensaje:
querían que les dejaran volver a la casa de la vida.
No querían acabar perdidos para siempre
como la madera quemada que se convierte en humo
o las cenizas que desaparecen en el viento.
En cambio, imaginaban sus almas en una bandada en el ocaso
graznando y de regreso a las mismas perchas de siempre
y la misma luminosa canción y el mismo estirar de alas de todas las mañanas.
La muerte sería como pasar una noche en el bosque:
con la primera luz regresarían a la casa de la vida.
(El perro tenía que contarle todo esto a Chukwu).
Pero la muerte y los seres humanos pasaron a segundo plano
cuando se salió trotando del sendero y se puso a ladrarle
a otro perro a plena luz del día, solamente a ladrarle
en contestación desde la orilla opuesta de un río.
Y así es como el sapo encontró a Chukwu en primer lugar,
el sapo que por casualidad había escuchado al principio
lo que el perro tenía que decir. «Los seres humanos», dijo
(y en esto no se dudó en absoluto del sapo),
«los seres humanos quieren que la muerte dure eternamente».
Entonces Chukwu imaginó el alma de los hombres en pájaros
que se acercaban como puntitos negros en la puesta de sol
hacia un lugar donde no habría ni perchas ni árboles
ni ningún camino que condujera a la casa de la vida.
Y su mente enrojeció y se oscureció de golpe
y nada de lo que el perro pudo contarle más tarde
logró cambiar esa visión. Grandes jefes y grandes amores
en una luz arrasada, el sapo en el fango,
el perro aullando toda la noche tras la capilla ardiente.