un niño de acogida
En la escuela me encantaba el intenso verdor de un cuadro:
horizontes arbolados de aspas y velas de molinos.
El callado contorno de las casas. En su sitio justo,
más aún en su sitio al reflejarse en el canal.
No puedo recordar una época en la que no conociera
la hidráulica inmanente de una tierra
llena de glar y glit e inundaciones en el dailigone.
Mi encenagada esperanza. Mis mentales tierras bajas.
La pesadumbre del ser. Y una poesía
perezosa estancada en aquello que acontece.
Haber esperado a tener casi cincuenta años
para dar crédito al prodigio. Como el reloj-árbol de latas
que hicieron los hojalateros. Anhela pues que claree el cielo,
que sea hora de deslumbrarte y aligerar el corazón.