tímidos por partida doble
Con tu pañuelo a lo Bardot
y tus zapatos de gamuza
me acompañaste una tarde
a tomar el aire y a charlar.
Cruzamos el silencioso río
y enfilamos el paseo de la orilla.
El tráfico contenía el aliento,
el cielo era un tenso diafragma:
el ocaso era un telón de fondo
temblando donde nadaba un cisne,
trémulo como un halcón
cerniéndose mortífero y sereno.
Un vacío de necesidad
colapsaba los corazones cazadores
pero como el halcón que permanece
separado de su presa, temblorosos,
mantuvimos un decoro clásico,
desplegamos con arte nuestra charla.
Nuestras obras de juventud
nos habían enseñado a esperar,
a no publicar los sentimientos
y luego sin remedio arrepentirnos:
vertiginosos amores ya se habían
hinchado y estallado en odio.
De modo que cautelosos y excitados
como zorzales delante de un halcón,
temblábamos en el crepúsculo de marzo
con una nerviosa charla algo infantil:
a lo largo del paseo de la orilla
aguas tranquilas corrían en lo hondo.