seguir adelante
El gaitero que viene de muy lejos eres tú
con una brocha de encalar por escarcela
bailando en la cintura, una silla de la cocina
dada la vuelta sobre el hombro, el brazo derecho
fingiendo apretar el saco contra el codo,
los ojos saltones y los mofletes a punto de estallar
de risa, pero sin dejar de tocar el bordón
interminablemente, entre pausas para coger aire.
La brocha de encalar. Una cosa vieja y pálida con faldón
detrás de la puerta del establo, que aguardaba el momento
de que los aires primaverales trajeran un capazo de cal
y una varilla para mezclarla con el agua.
Aquellos olores nos saltaban las lágrimas, inhalábamos
una especie de verdoso escozor y pensábamos en azufre.
Pero la bazofia del verdadero trabajo
de pintar las paredes, el gris deslavazado
aplicado a base de amplios brochazos, luego al secarse
cada vez más y más blanco, todo eso parecía ser cosa de magia.
¿De dónde habíamos venido, qué reino era este
que sabíamos que habíamos recuperado? Nuestras sombras
se movían en la pared y un ribete de alquitrán brillaba
a lo largo de toda la casa, una brecha negra
como una zanja recién abierta de un apestoso olor acre.
Orina en el hastial, los muertos se congregarán.
Pero por separado. Las mujeres al oscurecer,
agachadas allí un instante antes de irse a la cama,
el único momento en el que el alma estaba a solas,
el único momento en que rostro y cuerpo se calmaban
a los ojos del cielo.
Suero de mantequilla y orina,
la despensa, los animales recogidos, el dormitorio a la escucha.
Estábamos todos juntos allí en un tiempo anterior,
en una certidumbre que puede que no se concretara más allá
de aquellas noches de vendaval que en realidad aún no sabemos
si sucedieron o no. Olía a arcilla de las fortificaciones
y a boñigas. Cuando talaron el espino te rompiste
el brazo. Compartí tu temor cuando una extraña ave
se quedó posada durante días en el tejado del establo.
En esa escena, con Macbeth impotente y desesperado
en su pesadilla —cuando vuelve a encontrarse con las brujas
y contempla las apariciones del caldero—,
en esa me sentí del todo como en casa. Fogón,
vapor y alaridos, el pelo ahumado
ocultando una mejilla. «No te juntes con los malotes
en esa escuela a la que vas. ¿Me escuchas?
¿Me escuchas lo que te digo? ¡No te olvides!».
Y luego la varilla avivaba las gachas,
la corona de vapor se arremolinaba, íntimo
y envuelto en miedo todo se iluminaba un instante,
luego perdía brillo, cada vez más funesto, hasta extinguirse.
Materia gris como gachas moteadas de sangre
en salpicaduras sobre el encalado. Una zona limpia
donde había estado su cabeza, otras manchas absorbidas
en la agostada pared en la que apoyó la espalda
aquella mañana como cualquier otra mañana,
reservista a tiempo parcial, armado con una fiambrera.
Un coche se acercó por Castle Street, hizo el stop,
cruzó el Diamond, volvió a aminorar y se detuvo
a su altura, aunque no era el coche que él esperaba.
Y luego se encontró con lo que podría decir que era
una cara cualquiera y una pistola apuntándole a los ojos.
Tenía la pierna derecha doblada hacia atrás, suela y tacón
contra la pared, la rodilla derecha firmemente anclada,
así que no llegó a moverse, solo empujó con todas sus fuerzas
contra sí mismo, luego cayó más allá de la franja de brea,
vertiendo en la alcantarilla su copiosa sangre.
Querido hermano, tienes buen aguante.
No te mueves de donde ocurre. Tu gran tractor
se detiene en el Diamond, saludas a todo el mundo,
gritas y ríes por encima del ruido del motor, mantienes
viejos caminos abiertos conduciendo por los nuevos.
Llamabas a las escarcelas del gaitero brochas de encalar
y luego te disfrazabas y nos hacías marchar por la cocina,
pero no puedes hacer caminar a los muertos ni enmendar nada.
Te veo en ocasiones a un extremo de la correa,
en la sala de ordeño, tratando de mantenerte en pie
entre dos vacas hasta que se te pasa el ataque,
para luego recuperar el sentido con el olor a estiércol
otra vez y preguntarte: ¿esto es todo? ¿Como era
en el principio, lo es ahora y así lo será siempre?
Luego te frotas los ojos y reparas en nuestra vieja brocha
colgada de la puerta del establo, y sigues adelante.