País Poema - Autores

seamus heaney

san kevin y el mirlo

Y luego tenemos a san Kevin y el mirlo.
El santo está arrodillado, los brazos en cruz, dentro
de su celda, pero la celda es angosta, así que
una mano, palma arriba, se asoma por la ventana, rígida
como un travesaño, cuando un mirlo se posa
y hace su puesta en ella y se dispone a anidar.
Kevin siente los tibios huevos, el pequeño pecho, la encogida
y compacta cabeza y las garras y, viéndose ligado
al tejido de la vida eterna,
se apiada: ahora debe sostener la mano
durante semanas como una rama bajo el sol y la lluvia
hasta que los polluelos nazcan y emplumen y echen a volar.
Y ya que todo el asunto es imaginario en cualquier caso,
imaginemos que somos Kevin. ¿Quién es él?
¿El abnegado o el que sufre en agonía todo el tiempo
desde el cuello hasta los doloridos antebrazos?
¿Se le han dormido los dedos? ¿Siente aún las rodillas?
¿O ha subido el aletargado vacío del subsuelo
a través de él? ¿Se ha logrado distanciar en su cabeza?
A solas y reflejado limpiamente en el profundo río del amor,
reza: «Trabajar y no esperar recompensa»,
una plegaria que realiza su cuerpo enteramente
pues ha olvidado el ser, ha olvidado el pájaro,
y en la ribera ha olvidado cómo se llama el río.