ostras
Nuestras conchas repiqueteaban en los platos.
Mi lengua era un estuario en marea alta,
de mi paladar pendían las estrellas:
mientras saboreaba las saladas Pléyades
Orión metió su pie en el agua.
Vivas y violadas,
yacían en sus lechos de hielo:
bivalvas: el bulbo partido
y el seductor suspiro del océano.
Millones de ellas arrancadas y abiertas y esparcidas.
Habíamos llegado hasta esa costa
conduciendo entre flores y rocas de caliza
y allí estábamos, brindando por la amistad,
asentando un recuerdo perfecto
en el frescor del tejado de paja y la vajilla.
Sobre los Alpes, protegidas entre heno y nieve,
los romanos transportaban sus ostras hacia Roma:
vi alforjas empapadas desparramar
la fronda de labios, punzante de salmuera,
del colmo de los privilegiados,
y me dio rabia no poder poner mi confianza
en la luz clara, como la poesía o la libertad
procedentes del mar. Me comí el día
paladeándolo, para que su regusto
me urgiera enteramente al verbo, al puro verbo.