mossbawn: dos poemas dedicados
I
LUZ DEL SOL
Una ausencia bañada por el sol.
En el patio la bomba de agua
caldeaba su hierro,
el agua se melaba
en el cubo colgado
y el sol parecía
una parrilla puesta a enfriar
contra el muro
de cada largo atardecer.
Así, sus manos forcejeaban
en la artesa,
la estufa al rojo
proyectaba su placa de calor
hacia ella, de pie
con un delantal lleno de harina
cerca de la ventana.
Ahora limpia la mesa
con un ala de ganso,
ahora, a horcajadas, se sienta
con las uñas blanqueadas
y las piernas sarpullidas:
he aquí otro respiro
mientras el bollo sube
al ritmo que marcan dos relojes.
Y he aquí amor
como el librador de hojalata
hundido hasta perder el brillo
en el cajón de la harina.
II
LOS CORTADORES DE TUBÉRCULOS
Parecen encontrarse a cientos de años. Brueghel,
los reconocerás si consigo plasmarlos fielmente.
Se arrodillan bajo el seto formando un semicírculo
tras una barrera contra el viento que barre el viento.
Son los cortadores de tubérculos. Los pliegues
y jaretas de los retoños recubren las patatas
de siembra bajo la paja. Como les sobra tiempo,
se toman su tiempo. Cada cuchillo afilado procede
con pereza a dividir en dos cada raíz, que cae
sobre la palma de la mano: un destello lechoso,
y, en el centro, una oscura filigrana.
¡Ah, las costumbres anuales! Bajo la retama
que amarillea sobre ellos, compón el friso
con todos nosotros allí, con nuestro anonimato.