marcas
I
Marcábamos la cancha: cuatro chaquetas para cuatro postes,
eso era todo. Las esquinas y las áreas
eran allí como la longitud y la latitud
bajo el terreno desigual, algo
que acordaríamos o discutiríamos
cuando tocara. Y luego formábamos equipos
y cruzábamos la línea que trazaban los nombres dichos en voz alta.
Jóvenes que gritaban a voz en cuello en un campo
mientras la luz decaía y el juego continuaba
porque entonces estaban ya jugando en su cabeza
y la verdadera pelota les llegaba al darle una patada
como un letargo soñoliento, y su pesada
respiración en la oscuridad y las segadas en la hierba
sonaban como un esfuerzo en otro mundo…
Era veloz y constante, un juego que jamás hacía falta
terminar. Se habían traspasado ciertos límites,
había ligereza, avance, infatigabilidad
en un tiempo que era excepcional, imprevisto y libre.
II
También te encantaban las líneas tendidas en el jardín,
las muescas de la pala formando el primer borde a lo largo
de la tensa cuerda blanca. O las cuerdas perfectamente estiradas
para formar el contorno de los cimientos de una casa,
los pálidos tablones colocados en un ángulo recto
en cada esquina, cada nueva tabla recién aserrada
limpia y reluciente sobre la hierba peculiarmente pasiva.
O la imaginaria línea recta que cruzaba
un terreno de pasto, para labrarlo con el arado
desde la vara clavada en un cabecero hasta la vara
clavada en el opuesto.
III
Todas estas cosas entraban en ti
como si a la vez fueran la puerta y lo que la cruzaba.
Marcaban el lugar, marcaban el tiempo y la mantenían abierta.
Una segadora separaba el broncíneo mar de maíz.
Un cabestrante izaba el núcleo sacándolo del agua.
Dos hombres se dedicaban a deslizar una sierra de través
en un haya talada hacia atrás y hacia delante
de manera que parecían estar remando en tierra firme.