País Poema - Autores

seamus heaney

los paseos de grava

Grava del río. En un principio, eso.
Pleno verano, y la motocicleta del pescador hundida
entre las flores de la cuneta, como un caballero abatido
a cuyo fantasma le hubiéramos preguntado: «¿Hay suerte?».
Mientras los motores del mundo se preparaban, nueces verdes
pendían y se apiñaban más cerca del remolino.
Los árboles se agachaban. Pedernales y trozos de arenisca
se pulían y disminuían de tamaño en el destello
de las veloces y poco profundas aguas de cebada
en donde nuestros juegos asustaban bancos de pececillos…
Una eternidad que acabó cuando un tractor
dejó caer su pala en el lecho de grava
y las hormigoneras empezaron a cobrar vida
y hombres con petos, como sombras cautivas,
se dedicaron a mezclar cemento, a cargarlo, a revolverlo, como si
los tejares del faraón estuvieran ardiendo en sus cabezas.
Atesora y alaba la verdad de la grava.
Gemas para los desengañados. Lecha de tierra.
Su campechana, saltarina canción contra la pala
mide el sonido y pule palabras como «valor honesto».
Hermosa dentro o fuera del río,
el reino de la grava estaba también en tu interior:
en el fondo, muy atrás, el agua transparente corría sobre
guijarros de caramelo, de granizo, de un azul caballa.
Pero el mismo material lavado te hacía ir lento
pero seguro al encorvarte con tu carretilla llena
hacia una absolución del cuerpo, los huesos
cansados y el tacto a tuétano de la vida absuelta.
Así que anda entre nubes en contra de tu buen juicio
estableciéndote en algún lado a mitad de camino
entre esas tandas mezcladas con cemento gris
y la canción «Los paseos de grava», que evoca el verde.