País Poema - Autores

seamus heaney

las andas

Un primer germen verde: el espino a medio brotar.
Su funeral ocupó toda la calle
y podría haber salido de una antigua fotografía
de un pardon bretón, remotas
mujeres familiares y hombres con gorra
caminando en columnas de a cuatro, pronto en silencio.
Luego llegó el ruido del rotor y los articulados zaca zaca
de un helicóptero, y más tarde
la conciencia del ruido de nuestros propios pasos,
del aire libre, y la vida escondida en esas dos palabras,
«aire» y «libre». La recuerdo aterrorizada,
fetal, temblando, sudorosa, encogida, con el pelo mojado,
una respiración vencida, una máscara empañada, el destello
de una mirada desesperada, como la vigilancia fantasmal
detrás de los reflejos del cristal de un helicóptero.
Una vida, y después una muerte: las reticencias
que nos mantenían juntos cuando estábamos juntos,
cualquier declaración juzgada una franqueza.
Tía predilecta, buena hermana, hija leal,
delicada desde la niñez, una resistente aleación
de desaprobación, amabilidad y altivez,
asumió el riesgo, al final, de ciertas alegrías:
su comedero de aves y sus jubilosos pájaros,
la «moda» en su armario y en su cómoda.
El clima, finalmente, diría lo que teníamos que decir.
Repetición de pesares en las mañanas más claras de verano,
muertes infantiles en las campanillas y el majuelo,
réquiems enteros ante la vista de plantas y jardines…
La cargaron suavemente en el ataúd. Cuatro mujeres,
cuatro amigas —chicas, habría dicho ella— entraron en escena
y reclamaron las andas por última vez bajo el espino.