la sentencia de piedra
Cuando se presente en el lugar del juicio
con el bastón en la mano y el sombrero ancho
aún en la cabeza, minado por su inseguridad
y un antiguo desdén por la adulación y las excusas,
no sería justo que la sentencia solo se farfullase.
Esperará algo más que palabras del tribunal supremo
en el que confió durante toda una vida de mudez.
Que sea entonces como el juicio de Hermes, dios
del montón de piedras, en el que las piedras fueron sentencias
arrojadas unánimemente a sus pies, apiladas
hasta que quedó cubierto hasta la cintura en el túmulo
de su absolución: quizás el pilar de un portón
o un murallón caído donde el acanto sepulta el silencio
que alguien romperá al final para decir: «Aquí
su espíritu perdura», y ya habrá dicho demasiado.