País Poema - Autores

seamus heaney

la playa de lough beg

Dejando atrás el blanco resplandor de las gasolineras
y unas pocas farolas solitarias entre prados
subiste las colinas hacia Newtownhamilton
más allá del bosque de Fews, bajo un cielo estrellado…
Siguiendo aquel camino, una alta y pelada vía de peregrinos
por la que Sweeney huyó de las sangrientas cabezas,
la jauría demoniaca de barbas de chivo y ojos de perro
que surgió de la tierra con chasquidos de fauces y chillidos.
¿Qué surgió ante ti? ¿Un control de carretera falso?
¿El vaivén de una linterna roja, el frenazo brusco y el motor
calado, voces, cabezas encapuchadas y el frío cañón de una pistola?
O en tu espejo retrovisor la luz de unos faros
que aparecieron de repente y que te detuvieron
donde no eras conocido y lejos de lo que conocías:
la arcilla de las tierras bajas y las aguas de Lough Beg,
el chapitel de Church Island, el suave contorno de sus tejos.
Allí escuchaste una vez disparos tras la casa
antes de la hora de levantarse, cuando los cazadores
acechaban entre caléndulas y aneas,
pero aun así te asustaste al encontrar cartuchos usados,
acres, estridentes, genitales, eyectados,
al cruzar la playa para ir a recoger las vacas.
Pues tú y los tuyos y los tuyos y los míos luchábamos tímidamente,
hablábamos un viejo idioma de conspiradores
y no fuimos capaces ni de sacar el látigo ni de vivir el momento:
sirvientes vocingleros, pastores, tanteadores asomados
tras almiares y ancas de ganado, charlatanes de establo,
lentos árbitros de los cementerios.
Al otro lado de esa playa tuya el ganado pace
llenándose la panza entre una temprana neblina
y ahora dirige su mirada imperturbable
hacia donde nos abrimos camino entre chirriantes espadañas
ahogadas en rocío. Como una cuchilla oscura
afilada y brillante, Lough Beg reluce a medias en la bruma.
Me doy la vuelta porque el roce de tus pies
se ha detenido a mi espalda, y te encuentro de rodillas
con sangre y porquería del arcén en el pelo y los ojos,
después me arrodillo frente a ti hundido entre la hierba
y recojo el frío rocío con las manos
para lavarte, primo. Te limpio con un musgo
delicado como la llovizna de una nube baja.
Te levanto por debajo de los hombros y te acuesto.
Con carrizos que vuelven a brotar verdes, trenzo
verdes escapularios con que cubrir tu mortaja.