la península
Cuando te quedes sin nada que decir, vete
un día a dar una vuelta en coche a la península.
El cielo parece estar encaramado a una pasarela,
la tierra no tiene marcas, así que no alcanzarás
sino a pasar por ella, siempre bordeando la costa.
Al caer el sol, el horizonte se traga el mar y el monte,
el campo segado engulle el encalado hastial
y vuelves a estar a oscuras. Ahora recuerda
la esmaltada bajamar y la silueta del tronco,
esa roca donde el oleaje se hacía jirones,
las aves sobre los zancos de sus propias patas,
las islas que se adentraban en la niebla,
y vuelve a casa, aún sin nada que decir
pero ahora capaz de descifrar cualquier paisaje
según esto: las cosas basadas en su propia forma,
el agua y la tierra en sus extremos.