la mofeta
Enhiesta, negra, rayada y damascada como la casulla
de una misa fúnebre, la cola de la mofeta
hacía desfilar a la mofeta. Noche tras noche
la esperaba como se espera a una visita.
El relincho del frigorífico se perdía en el silencio.
La luz de mi escritorio se atenuaba pasada la veranda.
Pequeñas naranjas se cernían desde el naranjo.
Empecé a sentirme nervioso como un mirón.
Tras once años otra vez volvía a componer
cartas de amor, a espitar la palabra «esposa»
como una barrica, como si sus esbeltas vocales
hubieran mutado en la tierra y el aire de la noche
de California. El hermoso, inútil y penetrante
olor del eucaliptus deletreaba tu ausencia.
El regusto de un trago de vino era
como inhalarte a ti en una almohada fría.
Y ahí estaba ella, la decidida y seductora,
la ordinaria, la misteriosa mofeta,
mitificada, desmitificada,
olfateando los tablones a cinco pies de mí.
Todo lo recordé anoche, excitado por la caída
de tu ropa a la hora de irnos a la cama, mientras
buscabas cabeza abajo, cola arriba, en el cajón inferior
el negro camisón de escote pronunciado.