helicón personal
De niño no podían mantenerme alejado de los pozos
y las viejas bombas con cabestrantes y cubos.
Me encantaba la oscura caída, el cielo atrapado, los olores
a algas, a hongos y a musgo húmedo y frío.
Uno, en un tejar, con una podrida tapa de madera.
Me recreaba en el sonoro estruendo de un cubo
al desplomarse al extremo de una soga.
Tan profundo que no se veía allí ningún reflejo.
Uno poco profundo bajo una acequia seca
fructífero como cualquier acuario.
Al arrancar las largas raíces del mantillo mullido
un rostro blanco se cernía sobre el fondo.
Otros tenían eco, te devolvían tu propio grito
con una perceptible nueva música. Y había uno
espantoso, pues allí, de los helechos y las altas
dedaleras una rata salió cruzando mi reflejo.
Ahora husmear en las raíces, toquetear el légamo,
quedarme mirando, ojiplático Narciso, un manantial
resulta indigno a mi edad. Rimo
para verme a mí mismo, para hacer resonar la oscuridad.