en recuerdo de francis ledwidge
El soldado de bronce tironea de una capa de bronce
que rígidamente arruga un viento imaginario
por mucho que el viento de verdad pula y azote
su súbita carrera a gachas, encaramado siempre
sobre Flandes. El casco y el morral, la firme
inclinación desde la bayoneta a la culata del fusil,
los nombres de los caídos en la placa en relieve…
Poco significaban para el animalillo asustado
que era yo en el cuarenta y seis o cuarenta y siete,
agarrado firmemente a la mano de mi tía Mary
a lo largo del malecón de Portstewart, luego por Crescent
para atajar por Castle Walk hasta llegar la playa.
El práctico de Coleraine zarpaba hacia el buque carbonero.
Parejas de novios surgían del hueco de las dunas.
Un campesino en camisa con gemelos y chaleco
se arremangó el pantalón por los tímidos tobillos.
Francis Ledwidge, coqueteaste junto al mar
más allá de Drogheda una tarde de domingo.
Instruido, de halagadora charla, rústico,
saliste pedaleando por la arbolada carretera de Slane,
a donde pertenecías, entre lo lacerante
y lo hermoso: el altar de mayo de flores silvestres,
el agua pascual rociada en cobertizos,
en rocas de misa, en fuertes circulares y tenadas.
Pienso en ti con tu uniforme de soldado británico,
tu angustiado rostro de católico, pálido y audaz,
fantasma de las trincheras como la flor del espino
o un silencio extraído de una tumba del Boyne.
Es verano, mil novecientos quince. Veo a la joven
que era mi tía entonces, pastoreando en el «largo acre».
Tras un pequeño arbusto en los Dardanelos
chupabas piedras para humedecer la boca seca.
Es mil novecientos diecisiete. Ella sigue con sus vacas
pero un gran bombardeo apaga las velas en Ypres:
«Mi alma está junto al Boyne, segando nuevos prados…
Mi país se ha puesto su vestido de confirmación».
«Que me llamen soldado británico cuando mi país
no figura entre las naciones…». Te desgarró
la metralla seis semanas más tarde. «Lamento
que las políticas partidistas separen nuestras tiendas».
En ti, nuestro difunto enigma, todas las melodías
se entrelazan en un vano equilibrio
y cuando el viento afina al rozar este bronce
vuelvo a escuchar el seguro y confuso tambor
que seguiste de las aguas del Boyne a los Balcanes
y echo de menos la nota crepuscular de tu flauta.
No tenías el tono ni la afinación de estos unionistas
aunque todos confraternicéis ahora bajo tierra.