en el brocal
Tus canciones, cuando las cantas con los ojos cerrados
como haces siempre, son como una carretera local
de la que en el pasado conocíamos cada curva…
esa carretera secundaria de altos setos velada por mosquitos
donde permanecías atenta y a la escucha hasta que un coche
llegaba y se iba y te dejaba más sola
de lo que habías estado en un principio. Así que canta,
querida mía de ojos cerrados, querida veterana de voz distante,
que tu canto te lleve hasta el lugar donde nace el canto,
apasionada y aislada como nuestra vecina ciega
que tocaba todo el día el piano en su cuarto.
Las notas nos llegaban igual que el agua que izábamos
y que se desembrollaba en un cubo sobre el brocal
donde al rato nos quedábamos a escuchar, en silencio e incómodos.
Ciega de nacimiento, de voz dulce, esa música retraída
era como una vena plateada en la tosca arcilla.
Un agua nocturna que relumbraba a plena luz del día.
Pero también simplemente nuestra vecina, Rosie Keenan.
Nos tocaba las mejillas. Nos dejaba que tocásemos su braille
en libros parecidos a los muestrarios del empapelado.
Las manos no dejaban de moverse y los ojos rebosaban
de abierta oscuridad y un acuoso resplandor.
Nos conocía por nuestras voces. Decía que «veía»
al que fuera o lo que fuera. Estar con ella
era algo íntimo y beneficioso, como una cura
de la que no te dabas cuenta. Cuando le leí
un poema en el que salía el pozo de Keenan, dijo:
«Ahora soy capaz de ver el cielo al fondo».