en busca de moras
A finales de agosto, tras toda una semana
de aguaceros y sol, las moras maduraban.
Al principio una sola, un lustroso coágulo morado
entre otras, rojas, verdes, duras como una piedra.
Te comías esa primera y la pulpa era dulce
como un vino espeso: era la sangre del verano
que te dejaba la lengua manchada y ganas
de más. Luego se entintaban las rojas y esas ansias
nos hacían ir con lecheras, con latas de guisantes, con tarros
a donde las zarzas arañaban y la hierba húmeda nos desteñía las botas.
Alrededor de henares, maizales y campos de patatas
pateábamos y rebuscábamos hasta llenar los cubos,
hasta que el fondo tintineante se cubría
con las verdes, y encima ardían oscuros goterones
como un plato de ojos. Teníamos las manos acribilladas
de espinas, pegajosas las palmas como las de Barbazul.
Almacenábamos en la tenada las bayas frescas.
Pero al llenar la pileta encontramos una pelusa,
un hongo de un gris como de rata, inundando nuestro alijo.
El zumo además apestaba. Una vez lejos del arbusto
la fruta fermentaba, la dulce pulpa se agriaba.
Me entraban siempre ganas de llorar. No era justo
que todos los estupendos botes olieran a podrido.
Cada año esperaba que aguantaran, sabiendo que no lo harían.