elegía
La forma en que elegimos vivir,
con timidez o audacia,
esa habrá sido nuestra vida.
Robert Lowell,
la lámpara junto a la que escribo
ilumina al geranio del alféizar,
el viento del mar de Irlanda
lo sacude…
aquí, donde nos sentamos
todos hace diez días, contigo,
maestro de la elegía
y soldador del inglés.
Mientras gobernabas la charla
y te dejabas llevar por el vaivén
del timón de ti mismo, burlándote
del miedo que le tengo al agua,
¿qué escapaba a tu imperio?
Te bebiste América
como si fuera el férreo vodka
del corazón,
promulgando del arte
su deliberado, su perentorio
amor y su arrogancia.
Tus ojos vieron lo que tu mano hizo
mientras anglicanizabas el ruso,
mientras sacabas a la fuerza
excitantes sonetos blancos
de amor por Harriet
y Lizzie, y el salobre
delfín emergente…
tu plumín dorsal
capaz al fin
de persuadir y salpicar,
timonel, pescador, retiarius.
Esa mano. Protectora y cuidadora
y anfibia.
Las dos a. m., clima del litoral.
No el orgulloso navegar de tu gran verso…
No. Eras nuestro ferri nocturno
golpeando las olas de un mar vasto,
la embarcación entera resonaba
con la música de un armador,
fijado deliberadamente el rumbo
por rutas peligrosas e indómitas.
Y ahora un aguacero
produce el tremens del geranio.
Un padre no es escudo
para su hijo…
hallaste al hijo en mí
cuando te despediste
bajo la sombra del laurel
junto a la puerta en Glanmore,
opulento y reparador
como aquel dilatado verano,
el arpón de tu mirada
arriesgando un «rezaré por ti».