el santuario de la ropa
Qué placer tan completamente nuevo
encontrarse en los primeros días
leves blusas de muselina blanca
en un hilo de nailon transparente
secándose gota a gota en la bañera
o unas enaguas de nailon con el brillo
de su propia electricidad
—como si santa Brígida
hubiera vuelto a alzar un rayo
de sol como el que colgó del aire
para secar en él su manto
(la apurada Brígida, siempre
sin parar, siempre en danza)-
el húmedo y desplomado e injusto
lastre de lo de todos los días
tomado a la ligera y superado
como siempre, con brillantez.