el otro lado
I
Hundido entre juncias y caléndulas,
un vecino tendió su sombra
en el riachuelo y declaró:
«Es tan pobre como Lázaro, esa tierra»,
y se alejó abriéndose camino
entre el zarandeado follaje.
Yo estaba echado donde su pradal
descendía hasta nuestro baldío,
aposentado sobre musgo y juncos,
y mi oreja se tragaba
su fabuloso y bíblico desprecio,
esa lengua del pueblo elegido.
Cuando se situaba de ese modo
al otro lado, con su pelo blanco,
blandiendo su bastón de endrino
entre la maleza del marjal,
profetizaba sobre nuestros mustios acres,
luego se marchaba
hacia la promesa de sus surcos
en la colina, y hasta nuestra orilla
flotaba una estela de polen, la futura cizaña.
II
Nos pasábamos días recitando
cada máxima patriarcal:
Lázaro, el faraón, Salomón
y David y Goliat rodaban
grandiosamente, como fardos de heno
demasiado grandes para nuestras sendas,
o titubeaban en un bache…
«Vuestro lado de la casa, me parece,
no se rige precisamente por el Libro».
Su cerebro era una cocina encalada
llena de textos colgados, barrida pulcramente
como la nave de la iglesia.
III
Otras veces mientras el rosario
se eternizaba lastimeramente en la cocina
oíamos sus pasos al otro lado del hastial,
aunque no era hasta después de concluir la letanía
cuando sonaban los golpes en la puerta
y se iniciaba el silbido ocasional
en la entrada. «Una bonita noche»,
solía decir, «estaba dando un paseo por aquí
y me dije: será mejor que les haga una visita».
Pero ahora me encuentro detrás de él
en el patio a oscuras, oyendo el gemido de los rezos.
Se mete una mano en el bolsillo
o tamborilea con el bastón una canción
tímidamente, como si fuera testigo
de una escena sexual o del llanto de un extraño.
¿Debería escabullirme, me pregunto,
o acercarme y tocarle el hombro
y charlar sobre el tiempo
o el precio que alcanzan las semillas?