el mirlo de glanmore
Sobre la hierba cuando llego,
llenando de vida la quietud,
pero propenso a espantarse
al primer paso en falso.
En la hiedra al marcharme.
Eres tú, mirlo, a quien amo.
Aparco, espero, estoy atento.
Respiro. Solo respiro y me siento
y recuerdo versos que una vez
traduje: «Quiero irme
a la casa de la muerte, con mi padre
bajo el techo de arcilla».
Y pienso en uno que se fue con él,
un pequeño bailarín de la quietud
—hijo aparecido, hermano perdido—
que retoza por el patio,
alegre de volver a verme en casa
tras mi primer trimestre de morriña.
Y pienso en lo que dijo una vecina
mucho después del accidente:
«Aquel pájaro en el tejado,
durante semanas en el caballete…
no quise decir nada en su momento
pero el pájaro aquel no me gustaba».
La cerradura automática
hace un ruido, el pánico del mirlo
es pasajero, por un segundo
me veo a vista de pájaro a mí mismo,
una sombra sobre la grava rastrillada
enfrente de mi casa de la vida.
Saltarín del seto, soy ineludible
para ti, tu pronta impertinencia,
cada distante regreso tuyo,
tu quisquilloso, nervioso pico de oro…
sobre la hierba cuando llego,
en la hiedra al marcharme.